El presidente Juan Manuel Santos dijo seis veces thank you en un minuto y 42 segundos. Eran las 4:00 de la mañana. La llamada desde Oslo lo sorprendió y Santos no habló inglés con la fluidez con la que le peleaba a su mamá Clemencia cuando estaba pequeño. Tenía voz de dormido, no estaba preparado para cambiar de idioma. Ni para nada más. Trastabilló. Se enredó, se volvió a enredar y remató con otro thank you. El Nobel nunca soñó con ser Nobel.
A Santos le gustan los perros. Fue hippie. Se casó dos veces. Prefiere comer frijoles y chicharrón al almuerzo. En los aviones lee a Churchill. En su casa lee a Churchill. Le gusta tocar la gaita. A su mamá le divertía vestirlo igual que a sus hermanos Enrique, Luis Fernando y Felipe. Es paciente. Es introvertido. Todos lo saben: le cuesta mucho acercarse a la gente. No le va tan bien en las encuestas. El periodismo fue el mejor camino hacia la política. Es pacifista, pero ha sido el ministro de Defensa que mejor, sí, mejor ha hecho la guerra.
Santos es un amante del póquer y un apostador firme. Eso lo cuenta Cristian Rojas, politólogo de La Sabana, quien dice que esas habilidades en el juego se han visto en su gobierno. “Está claro que puso las fichas en un solo número y se lanzó con sus mejores cartas en la mayor apuesta de su vida: el plebiscito. Perdió. Su castillo de naipes parecía derrumbarse, pero jugó bien las pocas cartas que le quedaban y tendió la mano a sus enemigos. Logró mantenerse en la mesa y pasó la resaca por la gloria personal, que llegó con el Nobel”.
Rojas dice que una de las habilidades de Santos como jugador de póquer es que sabe blofear, fanfarronear. “Por eso ha sido ministro en el gabinete de César Gaviria, de Andrés Pastrana y de Álvaro Uribe. Su habilidad camaleónica le permitió pasar de los duros dardos contra Hugo Chávez a considerarlo su ‘nuevo mejor amigo’, o dejar de ser escudero de Uribe para ser su peor enemigo. Siempre fiel a su frase ‘solo los imbéciles no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias’”.
Entre las cualidades que según el profesor Rojas tiene Santos, están: arriesgado, perseverante, sabe mimetizarse. “Esto le ha permitido llegar a donde está, pero también tiene la ventaja de ser miembro de una de las mayores castas políticas. La ‘estirpe de los Santos’ tiene ahora uno de sus mayores exponentes con el Nobel –ojalá también con la paz–. Santos es el perfecto exponente de la élite liberal que ha dominado nuestra historia política, para bien o para mal”.
Hombre de centro. No le gustan los extremos. Así lo define el senador del Partido de la U, Germán Hoyos, quien ha hecho con él política de cerca. También lo describe como un estadista. “Hay unos dirigentes políticos que piensan en las próximas elecciones, el presidente Santos piensa en las próximas generaciones. Es concreto. Respetuoso. No le gustan las arandelas. No le gusta la adulación. No es vehemente. No se enoja. Es tranquilo. No es emocional”.
Nunca. Nunca dijo que quería ser Nobel. No estaba en sus cálculos políticos ganarse el premio, dice Hoyos.
Y sí, es un secreto a voces: A Santos le cuesta acercarse a la gente. Es más, le cuesta hablar con confianza con sus ministros y asesores. Santos es el presidente y el resto, es el resto. Uno de sus funcionarios, quien lo ha tenido de cerca en los últimos seis años, quien lo ve 15 horas al día, dice que el Nobel de Paz no se sabe el nombre de sus hijos. “En este caso la comparación es oportuna. Uno se sentaba con el presidente Uribe y él me preguntaba por mis hijos, por mi esposa, por la casa. Contaba de su finca, de sus animales. Uno lo siente mucho más cercano. El presidente Santos es más distante. Es tímido. Él no se abre y no cuenta sus cosas y no pregunta por la vida de uno. No comparte asuntos personales. Se habla de libros y de sus días en Londres. Es frío. Santos ha entendido que él es el presidente y se pone en el pedestal”.
Amable y respetuoso. Afanado por los más pobres. Así lo recuerda su escudero en comunicaciones por varios años, John Jairo Ocampo, quien dice que Santos es el presidente de los detalles. Le gusta la puntualidad. No le gusta prometer lo que sabe que no puede hacer. “Le molesta mucho quedarle mal a la gente, hacerse esperar. Tiene una jornada que empieza a las 5:30 de la mañana y termina a las 9:00 de la noche. Luego se va a la casa privada. Se duerme tarde, pero de la oficina no pasa de las 9:30 p.m. No es un presidente intenso que llame a las 3:00 de la mañana a preguntar algo. Tiene que pasar algo grave, muy grave, como la vez de la tragedia de Salgar, Antioquia. Ese día comenzó a llamar a las 4:30 de la mañana preguntando por las víctimas”.
Cuenta Ocampo que durante la ola invernal con la que se inauguró su primer mandato, se veía afectado y las veces que lo vio exaltado era porque no quería que la gente sufriera. “Por esos días, tenía programado visitar el país, quería acompañar a la gente. Le mortificaba mucho el dolor de los damnificados que se contaban por millones”.
Nunca dijo que quería ser Nobel. Nunca. Lo puedo jurar por mi papá, dice Ocampo.
Con cabeza fría. Tranquilo en las derrotas, mesurado en los triunfos. Amante de los datos. Su debilidad: la economía. Ese es Santos para su exministro Luis Felipe Henao, quien dice que aunque hubo debates difíciles al interior del Gobierno, Santos es un jefe que sabe escuchar y no responde con gritos. No. Jamás se altera. “Tiene valeriana en las venas, eso todo mundo lo dice en la Casa de Nariño. No he conocido una persona más racional que él. Él siempre sabe hacia dónde va, no cambia de posición. Tiene una visión clara a largo plazo”.
Nunca, nunca habló de querer ser Nobel. Lo juro por mí mismo. Nunca tocó ese tema, dice Henao.