El universo de lo múltiple, ya disponible en la Galería La Balsa de Medellín, es la primera exposición individual de Claudia Hakim en 15 años.
Como plantea en el texto introductorio Eugenio Viola, excurador del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO), donde fue colega de Hakim cuando ella dirigió el museo entre 2016 y 2024, la trayectoria de la artista es poco común en Colombia: a pesar de haber estado al frente de una de las instituciones del arte más importantes del país, “su obra ha permanecido, durante largos períodos, en una esfera de discreción voluntaria”.
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Con más de 20 piezas, esta es también la primera vez que Hakim reúne tantas obras en un mismo lugar.
Patricia Gómez, fundadora de La Balsa, explica que es significativo que esto ocurra en Medellín, una ciudad marcada por su tradición industrial y donde, paradójicamente, ningún artista se había arriesgado de manera firme y sostenida a trabajar con residuos industriales ni a construir un concepto a partir de ellos, como lo hace Claudia.
Aros de rines, tornillos y embragues, utilizados de distintas maneras, son solo algunos de los elementos que antes fueron sobrantes y que Hakim convirtió en materia para sus obras, que, como dice Viola, constituyen una “reflexión profunda del arte para reimaginar el destino de la materia”, pero también sobre lo múltiple en lo serial, visible en el tejido que, en este caso, está hecho con estos materiales.
De formación, Hakim estudió diseño textil en la Universidad de los Andes. Como le contó a EL COLOMBIANO, en contraste con las piezas de aluminio y metal que integran esta exposición, también le interesa profundamente la fibra, un material presente en sus primeros años como artista, en una trayectoria que ya supera las tres décadas.
“Me encanta la fibra, además es más fácil de conseguir. El problema era el proceso: yo soy muy exigente en mi trabajo y, en esa época, acceder a tintorerías industriales era muy difícil, sobre todo para hacer tapices por los grandes volúmenes. Entonces uno teñía en la casa o mandaba a teñir, pero con el tiempo ese proceso no se fijaba bien. Yo peleaba mucho con que la fibra se apelmazara o se decolorara.
Por eso la fui dejando a un lado y empecé a tejer con metal. Ahí comenzó una exploración con cobre y materiales industriales como papel aluminio y nylon, que me fueron acercando más a lo industrial que a lo natural. Por eso dicen que no soy orgánica, sino más bien geométrica y mecánica; siempre estoy llevando la mano hacia ese lado”, asegura, al tiempo que explica que de ahí viene esa idea central en su obra de “un desorden con líneas muy claras”, producto de un proceso creativo que comienza en una gran mesa de trabajo en su taller, donde recoge todo aquello que considera que le puede servir:
“Esa es mi manera de diseñar: me siento en el espacio, observo, una obra me lleva a otra. A veces dejo algo, voy, traigo más material porque se me ocurrió otra cosa. Mi creatividad está en lo que veo en el momento, en el hacer. Entro al taller y encuentro unas piezas, elementos que incluso me envían desde fábricas. Yo decido: ‘esto me sirve, esto no, esto sí’. Para mí, ese es el diseño: ver, sentir la pieza. Pero no diseño en el sentido convencional”.
La pasión por el textil, dice Claudia, puede venir de familia. La suya es de origen libanés, lo que la lleva a pensar que es algo que está en su ADN y a afirmar que “no había nada que hacer”, como quien se entrega plácidamente a aquello que la apasiona. Sin embargo, esa faceta de artista ha sido explorada por “pedacitos”, como ella misma lo describe, pues su carrera se ha dividido entre la creación y la gestión cultural.
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En 2011 fundó NC-Arte, un espacio cultural y de exhibición dedicado a la promoción del arte, con la idea de abrir un lugar donde artistas con obras de gran formato y peso –como las suyas, que no habían podido regresar a Medellín, en parte, por sus dimensiones– pudieran exhibir su trabajo. Durante cinco años estuvo al frente de esta iniciativa y luego asumió la dirección del MAMBO, desde donde impulsó la proyección internacional del museo y la expansión de su colección. Aun así, su faceta como artista nunca se detuvo: todos los lunes, como ritual, iba al taller, “porque esa conexión con lo que hago no la puedo abandonar”.
“De hecho, la decisión de retirarme del museo –donde estaba feliz y creo que íbamos bien– fue para volver a mi trabajo. Yo decía: ‘Si no me vinculo nuevamente con lo que me gusta hacer, se me va la vida’. Ya no estoy tan joven, los años pasan, necesito volver a lo que me mueve. Lo otro era gestión cultural: pedir recursos, organizar, producir...
Y aunque como artista uno genera muchas ideas en ese ámbito, si no vuelve a meterse en el circuito del arte, los años se van. Por eso, incluso en ese tiempo, nunca dejé de ir los lunes al taller: necesitaba esa cercanía con el material, sentirlo. Era casi como mis vitaminas para empezar la semana”, cuenta.
Esa experiencia como gestora le permitió enriquecer su perspectiva sobre el contexto actual del arte colombiano. Uno de los puntos que señala es la necesidad de que los artistas se formen mejor en la presentación de sus proyectos, en cómo presentarse ante el mundo. “Yo creo que la academia tiene que seguir existiendo y cumplir un papel clave: enseñar cómo se presenta un proyecto, cómo se escribe un texto, cómo se hace un presupuesto. Son cosas que muchos artistas no dominan, y eso hace que las brechas sean muy evidentes”, afirma.
A esto, Patricia Gómez, fundadora de La Balsa, con sedes en Bogotá y Medellín, agrega que el mercado colombiano aún es muy pequeño y que otra de las dificultades ha sido la falta de pluralismo y diversidad.
“Durante mucho tiempo, los estudiantes han sido formados bajo ideas fijas sobre qué es lo correcto, qué es el arte colombiano, cómo debe ser un artista. Es una visión llena de definiciones preestablecidas que terminan encasillando. Eso ha llevado a que muchos artistas tengan problemas al enfrentarse a su propia obra y encontrar su identidad, porque su formación, de alguna manera, niega lo individual y privilegia un pensamiento colectivo”, considera.
En ese sentido, ambas coinciden en que el reto está en romper esas barreras con nuevas maneras de expresar y de mirar, que son las que finalmente permiten que una obra traspase horizontes geográficos y mentales.