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Antioquia | PUBLICADO EL 24 septiembre 2022

El San Pedro, historia viva de Medellín, cumplió 180 años

El cementerio que nació como exclusivo camposanto para ricos hoy
luce mejor que nunca y con sus puertas abiertas a toda la ciudadanía.

  • La capilla del cementerio se renovó para celebrar sus 180 años. Sigue siendo escenario de conciertos, obras de teatro y encuentros culturales. FOTOS carlos velásquez
    La capilla del cementerio se renovó para celebrar sus 180 años. Sigue siendo escenario de conciertos, obras de teatro y encuentros culturales. FOTOS carlos velásquez
  • Las bóvedas y flamantes mausoleos dieron paso en los últimos años a una renovación con modernas galerías de osarios y cenizarios.
    Las bóvedas y flamantes mausoleos dieron paso en los últimos años a una renovación con modernas galerías de osarios y cenizarios.
  • El San Pedro, historia viva de Medellín, cumplió 180 años
  • La capilla del cementerio se renovó para celebrar sus 180 años. Sigue siendo escenario de conciertos, obras de teatro y encuentros culturales. FOTOS carlos velásquez
    La capilla del cementerio se renovó para celebrar sus 180 años. Sigue siendo escenario de conciertos, obras de teatro y encuentros culturales. FOTOS carlos velásquez
  • Las bóvedas y flamantes mausoleos dieron paso en los últimos años a una renovación con modernas galerías de osarios y cenizarios.
    Las bóvedas y flamantes mausoleos dieron paso en los últimos años a una renovación con modernas galerías de osarios y cenizarios.
  • El San Pedro, historia viva de Medellín, cumplió 180 años

“En el cementerio San Pedro está escrita la historia de Medellín”. Esa máxima que dice y repite Juan José Restrepo Ángel, su director ejecutivo, sirvió como faro para que el Cementerio-Museo llegara a sus 180 años lleno de vida.

Del estrechón de manos con el que Pedro Uribe Restrepo y los 49 caballeros más encopetados de la Villa de la Candelaria sellaron el 22 de septiembre de 1842 el pacto para construir un camposanto exclusivo, hecho a la medida de su vida lujosa y pulcra, quedan el exquisito mármol de los monumentos y los soberbios mausoleos.

Pero la ciudad decidió “torcer” ese pacto. Con el paso de las décadas llegaron otros inquilinos; putas y herejes exiliados a una galería esquinera sin derecho a honores. Luego llegó la decadencia. A mediados de los 90 el San Pedro era una sumatoria de monumentos ruinosos y un lugar de paso donde cada cuatro años los despojos de cientos de vidas daban paso a otros, en medio del desenfreno de sangre y muerte que sometió a la ciudad.

A esa altura ya se había convertido en una necrópolis donde cabían presidentes y pillos; personajes ilustres y ciudadanos ignotos. El problema era que las afugias financieras acechaban y a duras penas podría decirse que era un lugar que albergaba muertos.

Cuatro meses antes de que el Siglo XX acabara, el San Pedro encontró el camino a la recuperación con la declaratoria como patrimonio de la nación. La clave para descifrar su transformación fue entender hacia dónde viraba el modelo funerario en la ciudad.

La dirección del cementerio ejecutó justo a tiempo la reconversión de bóvedas viejas a cenizarios y osarios. El cambio estaba ampliamente justificado: el 82% de los muertos en el Valle de Aburrá termina en cenizas, no en tumbas. Así que si los grandes mausoleos justificaron el nacimiento del San Pedro, los pequeños y funcionales osarios y cenizarios permitieron la viabilidad económica y garantizaron su futuro, según relata Restrepo Ángel.

El cementerio en el que reposan más de 200.000 almas tiene 10.200 bóvedas de arrendamiento y dos unidades crematorias. 45.000 bienes entre bóvedas, osarios y cenizarios.

Conversar con la ciudad

Con el renacer del cementerio surgieron también espacios impensados. Los recorridos nocturnos por el camposanto para hablar de cultura, política, arte y muerte, amparados bajo la luz de la Luna llena, era una apuesta arriesgada, pero necesaria.

Así nació un espacio que todavía se mantiene bajo el nombre de Atardeceres en el cementerio, una oferta cultural que se complementa con conciertos, obras de teatro y otras visitas guiadas especializadas con grupos de fotógrafos, antropólogos, estudiantes y turistas. Hasta tiene su propia aplicación que permite a cada persona hacer recorridos autónomos a través de once estaciones. También tiene un programa especializado de acompañamiento al Duelo.

El San Pedro conversa con la ciudad sobre temas como el suicidio y la estética del ritual de la muerte en sociedades violentas, temas complejos y espinosos que bien podría dejar pasar de largo, pero que para su director hacen parte de su responsabilidad como referente en la construcción de cultura ciudadana.

Pero no es la única responsabilidad que asumió. La Fundación-Cementerio San Pedro ha entregado 2.615 millones de pesos en los últimos ocho años a más de 40 fundaciones e instituciones que atienden principalmente a adultos mayores y niños en situación vulnerable.

El resto de las utilidades se va para el mantenimiento patrimonial. Restrepo Ángel lo apunta de manera enfática: no existe un cementerio patrimonial mejor conservado en el mundo como el San Pedro.

El más allá en el metaverso

Durante la pandemia el San Pedro aprovechó el cierre de puertas para pensarse más allá de sus muros y puertas. Fortaleció virtualmente el programa de acompañamiento a población en proceso de duelo por el fallecimiento de un ser querido.

Creó la Memoria Viva, un cementerio virtual que inmortaliza a las personas fallecidas cuyos restos reposan en la necrópolis. Y el siguiente paso, apunta Restrepo Ángel, es llegar al metaverso.

Sin embargo, será su historia y las insólitas páginas diarias que se escriben entre el dolor de la muerte lo que mantendrán al San Pedro como el referente de ciudad que hoy es.

Gabriel Ángel Arias conserva dos recuerdos en sus 40 años como empleado del San Pedro que confirman que allí se ha escrito la historia de Medellín. Uno de ellos, hace cinco años, cuando dos caballos grandes tirando de una carroza majestuosa sacaron los retos de Epifanio Mejía para llevarlos a su natal Yarumal; y cuando, aun siendo sepulturero, estaba a punto de sellar la bóveda de un hombre y sintió tres tirones en su pantalón. Era un niño, el hijo del hombre muerto que le suplicaba: “no tape a mi papá, por favor”.

Estela Zapata, que lleva 37 años vendiendo flores, celebra la vida del San Pedro y sus historias. Los muertos que sacan de sus ataúdes para darles una última vuelta sobre el capó de un carro, y los domingos de procesión de familias que llegan en gallada a renovar su promesa de mantener vivo el recuerdo de su familiar morador de un pedazo del San Pedro.

Juan Felipe Zuleta Valencia

Soy periodista porque es la forma que encontré para enseñarle a mi hija que todos los días hay historias que valen la pena escuchar y contar.

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