Todo comenzó con un fuerte aguacero. Eran las 5:00 de la tarde. El cielo plomizo. El viento frío. Luego, la lluvia se convirtió en diluvio. Las alcantarillas se rebosaron y el agua comenzó a correr libremente sobre la Avenida de Greiff. Después sucedió lo impensado: el pavimento, como si de un terremoto se tratara, se levantó con violencia. Entonces cundió el pánico. El desastre estaba consumado.
Así recuerda Brayhan Chavarriaga el desbordamiento de la quebrada Santa Elena del pasado 13 de junio. Como pudo, entró al Pasaje Litográfico, el negocio que administra, y trató de ponerse a salvo. Pero, la tormenta había sido tan fuerte, que no tardó cinco minutos en estar inundado hasta las rodillas. “Vimos que el agua salía de las zonas verdes y...