¿Alguna vez ha criticado la forma de vestir de una mujer?, ¿ha dicho algo sobre el peso, la apariencia, las actitudes de una amiga, hermana, familiar o quizá solo una conocida? La pregunta sirve para hacer un análisis, porque en esto del trato hacia las mujeres, cuenta Stephany Muñoz, máster en psicología clínica, “hay que hacer un ejercicio muy personal para de verdad pensar qué estamos haciendo. Es evidente la naturalización de un montón de conductas machistas en nuestra vida, con amigos, familia y hasta con la pareja”.
Para hacer claridad con el tema del machismo y la violencia, la psicóloga mexicana Marina Castañeda dice en su libro El machismo invisible regresa, que “la violencia contra las mujeres se da más en sociedades en las cuales prevalece el machismo, porque sirve de trasfondo ideológico: justifica tal violencia como un castigo merecido y promueve la complicidad del entorno familiar y social”.
Y eso abarca a hombres y mujeres, solo que entre mujeres también hay tela que cortar.
Un poco de historia
La psicóloga Muñoz recuerda que el tema del rol de géneros es tan antiguo como la humanidad y que siglo tras siglo se han ido dando situaciones que buscan estructurar otros contextos. “Es un tema muy cultural y social, tiene que ver con los países, con los escenarios en los que se mueven las personas, y mucho con todo este desarrollo económico, político, social al que podemos llegar”.
La psicóloga detalla cómo antes eran muy marcadas las labores que podrían ejecutar las mujeres, como el tema de cuidado materno y quedarse en casa. “Ellas no eran reconocidas a partir de lo que podían hacer o pensar porque era el hombre proveedor quien decidía”. Roles y estereotipos que se han transmitido por generaciones y que aún prevalecen en algunas personas.
En ese sentido, Luz Tatiana Gómez Sánchez, directora del departamento de Humanidades de la Institución Universitaria Areandina, cuenta que esos estereotipos suman a la hora de detallar lo que ocurre entre las mismas mujeres. “Hemos tenido una carga de presión sobre nosotras y nos hemos visto como rivales, que tenemos que sobresalir sobre las otras o para ser vistas o para ser tenidas en cuenta, cuando nos vemos así tenemos acciones violentas para opacar a las demás”, y ahí trae a colación un término para muchos nuevo, pero que por definición se refiere a la solidaridad entre las mujeres: sororidad. “Es la fraternidad, cuando de un tiempo para acá las mujeres comienzan a estudiar esos espacios en los que se puede ser solidaria con las otras y hacer un ejercicio contracultural”. Y esa sororidad se trabaja en la cotidianidad, siendo conscientes de hechos y palabras.
El día a día
Lo primero que recomienda la psicóloga Muñoz es tratar de identificar esas acciones machistas, que vienen arraigadas en una cultura patriarcal como la latinoamericana y que generan un tipo de violencia contra la mujer. Ella aclara que el machismo es una postura en la que se identifica al hombre como superior a la mujer y el patriarcado tiene que ver con lo social y el poder, “en la que el hombre tiene mayor autoridad y toma decisiones. Por eso con frecuencia las dos van de la mano, una sociedad patriarcal a fin de cuentas es machista porque para que el hombre tenga autoridad debe sentirse un ser superior”.
“Algo tan sencillo como ese trato diferencial que se ha reforzado en el hogar, entonces cuando le dicen a la hija que le sirva el desayuno al hermano, porque él es el hombre de la casa y la labor de la mujer es servirle, y si se analiza con detenimiento realmente quiénes son las personas que terminan reforzando estas conductas somos nosotras como mujeres. Ahí nos estamos violentando, generando espacios muy marcados de conductas machistas. Después tratamos de luchar contra eso, es bien paradójico el asunto”, dice.
Gómez Sánchez resalta otros ejemplos como cuando las mujeres juzgan a otras por cómo viven su sexualidad y, algo más delicado, cómo muchas apoyan a los hombres en caso de maltrato, al reprocharles a ellas que no sean perfectas, que la violencia es buscada porque no le tienen la comida lista al esposo.
Este comportamiento viene de la misma cultura y la educación de la sociedad, explica la directora del departamento de humanidades de Areandina. La psicóloga Muñoz está de acuerdo: “Científicamente no se ha logrado establecer un único factor, hasta se ha tratado de explicar con la observación animal y de cómo en la naturaleza son los machos quienes tratan de captar la atención de nosotras las mujeres, en los humanos ha sido al revés y que eso genera que estemos en una constante competencia, pero la ciencia siempre tiene que pasar por un proceso de método científico, hay cosas que se refutan, cosas que se comprueban, otras que quedan allí por redefinir o profundizar”.
La profesional de Areandina reitera que cuando la cultura patriarcal prevalece, engrandece a un hombre como proveedor y es ahí que se refuerza que las mujeres deben competir por su atención, pero cuando ese esquema comienza a romperse “y la mujer no busca un proveedor, entiende que no es competir con otra por un hombre sino encontrar una pareja complementaria, se busca otro tipo de enlace”.
El otro lado
Anni Marcela Garzón Segura, investigadora docente de Areandina y una de las desarrolladoras de la app Sorora, que ayuda a identificar las violencias en una relación de pareja y además a reconocer las rutas de atención, piensa que no es tan cierto que las mujeres se “tiren duro entre ellas”. En las investigaciones que han hecho encuentran que al hablar de violencia, las principales redes de apoyo de las mujeres violentadas son amigas, madres o hermanas. “El machismo nos ha invitado a pensar en esa competencia de género, pero en realidad nos apoyamos bastante”.
Al remitir a la realidad la investigadora Garzón puntualiza que “desde los homicidios a las violencias a nivel de la familia, muy rara vez una mujer es principal agresora. Hay que ver todo el panorama”. Ya, al referenciar esos actos cotidianos en los que las mujeres se pueden “agredir” entre sí, comenta que así como los hombres, ellas reproducen el sistema machista desde la crianza, “una vez una mujer me dijo, ‘mujer que no jode es hombre’. Toda frase maltratante esconde una generalización y es cierto que eso debería cambiar, toda frase que hagamos debe tener empatía”. Por eso recomienda que cuando cada persona use una frase de este tipo (ver tabla) piense de dónde viene, quién se la dijo, “puede traerla de su sistema familiar”.
Finalmente la psicóloga Muñoz reitera que antes de decirle a alguien cercano (hasta a una hija) “como te ves de fea, estas muy gorda, ¿vas a salir así?, no te maquilles, pareces un payaso, o frases por el estilo, sea consciente de que está ejerciendo un tipo de violencia bastante fuerte, en ese caso es violencia psicológica”.
La invitación de las profesionales es que reflexione sobre ellas y a quién se las dice, “que como seres humanos –concluye Muñoz–, hagamos un ejercicio de introspección y de ver realmente cómo puedo contribuir a que las cosas sean diferentes, volvernos un poco más críticos, cuestionarnos sobre qué tan bien (o tan mal) estamos haciendo las cosas y hacia dónde nos está llevando”.
Si la cultura ha ayudado a reforzar estas situaciones es la misma cultura, que es dinámica, la que ayudará a cambiarlo, dice Gómez Sánchez: “Ahí hay que ser contraculturales, en la formación a nuestros hijos, en el trato a nuestras amigas, hermanas y más, no seguir esos patrones culturales. Hay que formarse en feminismo, empoderamiento femenino, apoyo mutuo en vez de seguir el patrón, hacer consciencia, parar de juzgar la apariencia física, romper los modelos de amas de casa ideales, de que ser madres es el ideal de la mujer, evitar reproducir ideas y estereotipos sobre niños (debes ser guerrero) y niñas (no seas dramática)”.
Las profesionales concluyen que es un trabajo a largo plazo en el que usted puede aportar siendo consciente de su comportamiento.
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