En los años previos a la Segunda Guerra Mundial, la década de 1930, se creía que los medios de comunicación impactaban de forma directa los ánimos de las personas. Es decir, que esas imágenes, panfletos, películas y demás elementos de propaganda tenían la capacidad de llegar a una población y transformar de un día para otro, como por arte de magia, su ideología política.
Los teóricos de la comunicación idearon un modelo donde la información se “inyectaba” en las personas, y lo llamaron la teoría de la aguja hipodérmica. Según ella, por ejemplo, las ideologías nazis podían llegar a una comunidad cualquiera, ser “inyectadas” o introducidas en una audiencia a través de los medios de comunicación, y esta a su vez reaccionaría de modo uniforme al estímulo, aceptando de lleno estas ideas. Así, podría volverse nazi a cualquier población del mundo, sin importar su contexto.
Durante cierto tiempo la teoría fue considerada como válida por los expertos, quienes la comparaban con el conductismo y otras ideas afines de la época. Sin embargo, así este lavado cerebral suene suficientemente convincente, fue rebatido por modelos posteriores, que cuestionaban que el impacto de los medios fuera en verdad tan directo sobre las personas, y que las audiencias (lectores de un periódico, televidentes, radioescuchas, etc.) fueran realmente pasivas y tragaran entero con tanta facilidad.
Hoy en día, cuando estas teorías se enseñan en las aulas de los pregrados de comunicación social o periodismo se consideran como modelos anticuados, con algo que aportar, pero con una visión parcial o errónea de la realidad. No obstante, algunos fenómenos contemporáneos como la seguidilla de ataques terroristas en países como Francia, Estados Unidos y Turquía, o los atentados contra el semanario Charlie Hebdo en 2015, han hecho que algunas de estas ideas tengan revuelo de nuevo.
A los medios se les cuestiona que la forma como transmiten la información relacionada con los hechos puede tanto infundir más terror en la población como mostrar a todos los musulmanes bajo la misma bandera del extremismo islámico. También se cuestiona que al narrar los detalles de los atentados den ideas a otros terroristas, en especial cuando algunos de estos parecieran actuar como lobos solitarios (“si él es un don nadie, ¿a quién echarle la culpa?”, reflexiona un artículo de The Guardian), células independientes aisladas de una red más grande.
¿Información o emoción? ¿Noticia o morbo? No es fácil deshilvanar la cadena de responsabilidades de los medios de comunicación en el tratamiento de estos hechos, ni cómo se deben afrontar algunas de estas cuestiones.
El panorama moderno
“La palabra medios intenta explicar una cosa heterogénea donde hay factores distintos como el tipo de medio de comunicación del que se hable”, explica Alberto Morales, sociólogo y profesor de opinión pública en la Universidad de Antioquia.
“En un diario vas a encontrar cierta dosis de reflexión, y mucho más en un semanario. Pero en otros casos lo que varía es la emoción, como cuando se habla de deportes”, dice Morales, e indica que lo que una persona lee o escucha está mediado también por sus intereses. Algunas personas solo leen la sección económica de los diarios, o solo ven la franja de entretenimiento de los noticieros.
Por supuesto, con el cubrimiento de ciertos temas o la publicación de sus investigaciones, los medios de comunicación proponen agendas en la sociedad. “Pueden poner en la mesa ciertos temas, y algunas personas hasta se apropian de esas agendas”, dice Daniel Hermelín, profesor del departamento de Comunicación Social de la Universidad Eafit.
“Lo importante ahí es mirar también los contextos: la tensión que hay en Europa, por ejemplo, hace que haya un contexto favorable para la información relacionada con ISIS, la gente va a estar interesada en mirar y consultar este tipo de noticias”, recalca Hermelín.
Este tipo de contextos pueden jugar a favor o en contra del medio, que no solo se ve atravesado por los intereses de sus lectores sino también por asuntos como la economía o la política. “A la extrema derecha francesa le interesa que se hable de los atentados y que la gente lo vea desde muchas formas distintas”, dice el experto.
Para algunos, acá es donde puede comenzar a desdibujarse el interés periodístico. Cuando el medio se adscribe a una visión particular o deja de reflexionar sobre los hechos que reporta. “¿En verdad hace falta mostrar siete ángulos diferentes del tipo atropellando la gente en Niza?”, cuestiona Juan Camilo Díaz, profesor de la Universidad de La Sabana y analista de medios y cultura digital.
“Hoy en día los medios de comunicación tienen la capacidad de generar grandes volúmenes de información donde pueden capturar cualquier cosa, y en muchos casos no existe ninguna autorregulación. A veces son muy facilistas y hoy es más fácil recibir un video de la policía o de una cámara y simplemente publicarlo, sin análisis”, añade.
En ese sentido, continúa Díaz, la responsabilidad del medio está en mostrar los hechos —y determinar, según dice, qué debe mostrarse y qué no— y a eso sumar el análisis de lo que rodea la información. “Son la ventana a través de la cual conocemos aquello sobre lo que no tenemos alcance”.
¿Qué es y no información?
A la hora de cubrir noticias que involucren suicidios, algunos manuales de psicología recomiendan a los medios de comunicación omitir información relacionada con la forma que usó el suicida para quitarse la vida. Esta exposición al suicidio “puede influenciar a algunos a asumir un comportamiento suicida”, dice una guía de la Organización Mundial de la Salud.
Una declaración así debe ser discutida por psicólogos, periodistas, sociólogos y demás. Sin embargo, da pie a la pregunta: ¿Cómo deben cubrir los medios hechos como los ocurridos en Niza? ¿Explicar los pormenores de los sucesos puede “dar ideas” a terroristas potenciales?
Aunque todavía se debate la relación de ISIS con los ataques en Niza, información de investigadores franceses y replicada por el diario El País indica que previo a los hechos el hombre que condujo el camión, Mohamed Lahouaiej Bouhlel, realizó múltiples búsquedas de internet sobre matanzas de este grupo.
Las pesquisas sobre yihadismo fueron continuadas por dejarse crecer la barba y repasar el recorrido que haría en el atentado.
¿Qué fue primero, el huevo o la gallina? Dado un perfil psicológico determinado de un individuo, ¿la accesibilidad a la información (fuera en hechos relatados por medios, o no) facilitó los ataques?
“En el tema del suicidio es más fácil dar una opinión, pero frente al impacto tan grande que generan estos hechos es difícil decir qué es lo adecuado”, considera con recelo el médico psiquiatra y doctor en neurociencias César Augusto Arango.
El debate entre qué es información y qué no lo es ocurre todos los días en las redacciones del mundo. Es imposible resumirlo en poco espacio. Los periodistas argumentan a sus editores por qué ciertos datos deben estar en la noticia y qué debe enfatizarse. También se discute cómo enmarcar los hechos, qué fotos mostrar, y cómo.
En el texto publicado en El País, el periodista Carlos Yárnoz relata con lupa la cronología del atentado de Niza. “Poco antes de las 22:30 se digirió en bicicleta al lugar donde tenía aparcado el camión, por cuyo alquiler pagó 1.600 euros. A las 22:45 se acercó a la zona cortada al tráfico en el Paseo de los Ingleses donde unas 30.000 personas se habían concentrado para ver los fuegos artificiales. Lanzó el camión a 90 por hora y, en solo 45 segundos, a lo largo de dos kilómetros, dejó 85 cadáveres y cientos de heridos”. Aunque para algunos lo que hace es periodismo puro y duro, en la coyuntura del extremismo ideológico podría argumentarse que también está dándole un manual a terroristas en potencia.
¿Qué es lo correcto? Ahí es donde todavía falta ahondar e investigar más.
Los medios, en el medio
“El papel del periodista es extremadamente delicado en este tipo de escenarios”, anota Morales.
“Hay que ser muy frío en los datos, la información, acá la duda es cómo hacemos periodismo de forma que vuelva a la gente receptiva sin caer en un estado de hipervigilancia, sin crear terrorismo moral”.
“Ver hechos violentos no nos transmite ese comportamiento, pero hay que considerar ciertos efectos psíquicos y sociales de las personas. El contexto explica este tipo de situaciones, sobre todo aquellas donde en medio de todo hay una persona que busca reconocimiento, así sea a expensas de su vida. Y ese reconocimiento lo dan las noticias”, acuña Hermelín. No podemos atribuir toda la responsabilidad a los medios, resalta, pero tampoco pueden hacerse los de la vista gorda.
Según Díaz, la clave está en “no exagerar la información, presentar noticias sin omitir análisis ni contexto, pero tampoco hacerlo en exceso. El mismo medio a veces se encarga de añadirle morbo a los asuntos”.
A lo anterior, problemas de siempre del periodismo se suman paradigmas modernos como la velocidad del Internet, su facilidad de creación y transmisión de información y el uso de plataformas como las redes sociales para transmitir noticia, a las que a veces se da igual credibilidad que a las casas editoriales.
Si bien es difícil estipular la responsabilidad de los medios a la hora de evitar los hechos de estos lobos solitarios, Morales aporta una reflexión adicional al tema: “Digamos que podríamos pensar al revés, ¿cómo ejercer un efecto disuasor sobre estas personas?”.
Los medios de comunicación no influyen de forma directa sobre las personas. Hay más elementos en juego, como asuntos de contexto, factores sociales y psicológicos y preinformaciones que los individuos tienen dentro de sí.
El reto de las redacciones está en la cabeza fría para cubrir los hechos. Así eso implique enfrentar con racionalidad los absurdos que en ocasiones constituyen una noticia.
Los medios de comunicación no influencian de forma directa a las personas. Aparte de sentar una agenda, sus efectos se ven mediados por otros factores, incluso algunos individuales.