Desde el año pasado varias naciones de Centroamérica están enfrentando como pueden un nuevo componente de una crisis que ya de por sí tenían con sus propios nacionales: las corrientes migratorias que cruzan el subcontinente hasta México, para buscar el ingreso a los Estados Unidos.
Lo que pasa ahora, o lo que viene pasando desde hace meses, es que son miles de cubanos los que están cruzando Centroamérica, muchos provenientes de Ecuador y Colombia, para buscar ingreso a territorio estadounidense, aprovechando que aún rigen especiales normas migratorias para los cubanos, norma que no aplica al resto de inmigrantes provenientes de Centro y Suramérica.
El intenso flujo migratorio de ciudadanos de El Salvador, Honduras o Guatemala hacia Estados Unidos se ha visto como algo habitual, originado en la búsqueda de superación de pobreza, limitaciones económicas en sus países de origen como el afán de alejarse de la violencia. Los gobiernos concernidos miran cómo parten cientos de miles de sus connacionales, pero a la vez conviven con poderosas mafias que, cual autoridad migratoria, deciden u obstaculizan el paso tanto por los puestos fronterizos formales como por los clandestinos. Los más pobres entre los pobres tienen que pagar fortunas para poder pasar terreno hostil hasta ser abandonados en las fronteras de México.
Uno de los componentes atípicos de esta nueva ola migratoria es que al gobierno de cuya tiranía huyen esos seres humanos se siente afectado. Y no por razones humantarias, si no políticas. Al régimen de Raúl Castro, como antes al de su hermano Fidel, la salida masiva de sus ciudadanos, obviamente no autorizada, le indispone políticamente pues da al traste con el aparato de propaganda que lleva fabricando una realidad virtual que sus ciudadanos no ven.
Mientras la Revolución Cubana lleva 57 años desplegando un discurso anticapitalista y exaltando las virtudes de un régimen totalitario donde todos tienen educación y salud, millones de cubanos viven otra cosa. Asfixiados en sus libertades, sin poder opinar y sujetos a una escasez de bienes y servicios extrema, buscan desde hace décadas una mejor vida. En la memoria icónica del siglo XX quedan las imágenes de miles y miles de cubanos jugándose la vida en balsas de cualquier material para alcanzar las costas de Estados Unidos.
El giro en las relaciones con Estados Unidos de la dictadura castrista ha generado aplauso internacional, pero sentimientos contradictorios entre sus propios ciudadanos. La normalización traerá el levantamiento de las normas migratorias especiales para los cubanos. Y se aventuran a cruzar Centroamérica, encontrándose el bloqueo de gobiernos como el de Nicaragua, disgusto de El Salvador, aunque también la asistencia humanitaria de Costa Rica y cierta tolerancia de México.
Y a Colombia este problema la toca directamente, a pesar de que hasta ahora haya silencio por parte del gobierno, con razones más que evidentes para no molestar al gobierno cubano. Aquí en Antioquia, en la frontera con Panamá, hay febril actividad de las mafias que mueven inmigrantes objeto de todo tipo de abusos.
El flujo de personas desesperadas no es un lejano problema de sirios que huyen de la guerra hacia Europa. Aquí mismo tenemos una muestra de éxodos de los que casi nadie sabe nada.
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