Willoughby, el comisario de policía de Ebbing, Missouri, este pueblo de nombre de fantasía y ubicación real en Estados Unidos, conversa con su esposa sobre la increíble tarde de sexo que acaban de tener.
Bromean sobre una frase que ella dice, que según él podría ser el título perfecto para una obra de teatro. No para una película, no. Para una obra de teatro. Tal vez de Shakespeare, comentan. Aunque probablemente sería de Oscar Wilde, dice él. Convengamos que es por lo menos raro que un comisario sureño y malhablado tenga tal conocimiento teatral. Pero para el momento en que esto sucede, ya Martin McDonagh, guionista y director de Tres anuncios por un crimen nos tiene tan comprometidos con su historia, que poco nos importa esta rara incongruencia.
Y no nos importa porque a esa altura ya hemos disfrutado de los diálogos punzantes que incluso los secundarios menos inteligentes dicen, como si el humor negro fuera parte del carácter de todos en ese pueblo.
Ya hemos entendido la rabia de Mildred, el personaje principal, quien parece odiar a medio mundo desde que su hija fue violada y asesinada. Ya sabemos que el caso se ha estancado y que para reactivarlo a ella no se le ocurre mejor idea que instalar tres vallas en una carretera secundaria. Tres vallas con frases en fuente negra sobre fondo rojo.
Una reivindicación del poder de la palabra por parte del guionista, podríamos aventurar. De un guionista con tal manejo de las palabras que hace que la carta que deja un moribundo, sea una pieza de orfebre.
Cuando Willoughby menciona a Wilde, ya hemos conocido también a Dixon, el otro motor de las acciones de esta cinta, quien no oculta sus prejuicios ni su racismo.
Y sin embargo, lo que no sabemos ni en ese momento ni nunca es hacia dónde va la película. Porque la mayor cualidad de las muchas que tiene Tres anuncios por un crimen es que se nota que McDonagh no sólo quería contar una historia.
Como el admirable dramaturgo irlandés que es –y de ahí viene que su comisario sureño sepa de teatro británico–, McDonagh ha escrito esta película pensando en provocarle reacciones contradictorias al público. Poniéndonos a adoptar posiciones durante un momento (sí, es una vergüenza la lentitud de la justicia, pensamos) para luego obligarnos a cambiarlas (pobres policías, hicieron todo lo posible), consiguiendo que sus personajes sean complejos y escapen a definiciones fáciles: la heroína está lejos de obrar siempre bien, el policía racista acaricia el pelo de su mamá con ternura; creando en nosotros, a punta de artificio, la sensación de que estamos viendo la vida como es en realidad.
Frances McDormand y Sam Rockwell deberán agradecer mucho al director y guionista en sus discursos al aceptar el Óscar, porque hizo lo que pocos: les dio personajes que les permiten lucir su talento, palabras que uno oye con deleite. Que dios sea máquina, normalmente es signo de un guión caprichoso. No es el caso, pues aquí el dios máquina es la máquina de escribir de Martin McDonagh.
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