En la primera escena de “Puente de espías”, Steven Spielberg logra comunicarnos, con una anécdota visual muy bien pensada, aquello que decía Gabriel García Márquez: tenemos una vida pública, como de retrato al óleo, para que nos vea la sociedad entera; una vida privada, más cercana y familiar, como la que nos devuelve el espejo; y una vida íntima, nuestro yo más real, el que va al baño y se afeita. Son las tres caras que vemos de Rudolf Abel, el espía de la Unión Soviética detenido en New York en 1957, que tuvo que ser defendido -para mostrar que en Estados Unidos todos tenían derecho a una defensa legal justa- por James Donovan, presentado también, como mandan los cánones del guión clásico, con una anécdota: lo vemos llenar con el mismo sentido...