Me fascina esa hermosa frase que canta Fito Páez en una de sus canciones, “El mundo cabe en una canción”, o más bien, en cientos de canciones, bandas y momentos. Qué cosa maravillosa poderse narrar y contar a través de las historias musicales.
Y llego a este tema, porque hace unos días, hablando con unos amigos, llegamos a las canciones de la vida que marcan, que dejan tatuaje indeleble en la piel, y llegamos a esto de la manera más natural, simplemente porque estábamos en un lugar que curiosamente parecía en el pasado. Todas las canciones de esa infancia, adolescencia y actualidad, pasaron por los oídos de los que estaban sentados conmigo en esa mesa.
Me descubrí luego de la conversación musical como un hombre ecléctico, y eso la verdad que me hace feliz. He vivido la música con plenitud, con todo lo que la vida me ha ofrecido hasta ahora, aunque también en un momento de ese camino, me sentí orgulloso del radicalismo punkero que también forjó criterio.
Y si hablamos de historias de vida con canciones, yo contaré la mía con el permiso de ustedes, solo con la intención de ser un puente, para que cada uno haga lo mismo y recuerde las canciones que marcaron las pulsaciones de su corazón.
Curiosamente, empecé escuchando música campesina, tango, bolero, desde que solo era un niño, gracias a una abuela melómana que no dejaba descansar el radio y no paraba de cantarme al oído.
En el colegio, de sexto a once, fui todo un salpicón musical. Me enamoré del punk y el rock, la primera banda que escuché que me voló la cabeza fue I.R.A, fue mi banda sonora por años, los seguía a todo lado en mi patineta. Luego llegó la movida argentina, Ataque 77, 2 minutos, Bersuit Vergarabat y el punk en el mundo, Eskorbuto, La Polla Records, Klamydia, Narcosis, Apatía No. Luego el grunge se apoderó de un cabello largo y sucio, y llegó Nirvana para ser la banda sonora eterna, y de ahí, las bandas representativas del rock alternativo; Pearl Jam, Pixies, Sonic Youth, Stone Temple Pilots, Radiohead entre muchas otras. Y como si fuera poco, el sonido de la música alternativa colombiana apareció como transición visionaria, Athanator, Grito, Odio a Botero, Bajo Tierra, Ekhymosis, El Pez, 1280 Almas, Masacre, La Derecha y La Pestilencia. Pero la cereza al pastel fue reconocer la revolución de una guitarra acústica, y enamorarme de la literatura musical de Silvio Rodríguez, Jorge Drexler, Pedro Guerra y los que siguieron, Andrés Calamaro, Fito Páez, Charly y El Flaco. Una juventud bastante disímil musicalmente hablando.
Luego, la universidad y otra etapa en mi vida traería el jazz, el blues, el rock anglosajón, la música electrónica y el rap, mucho rap al lado de ese sentir punkero que llevo por siempre.
En la mesa, con un par de tragos, al lado de los amigos, mientras cada uno cuenta sus peripecias musicales y escuela sonora, reíamos y recordábamos desde El Chombo y Los cuentos de la Cripta, hasta Los Fantasmas del Caribe y por mi lado, seguía la historia de bandas y sonidos.
Y canciones que ya se construían en un presente más cercano, estaban ligadas con la misma exploración que mi abuela me enseñó. El bolero regresó y me enamoré de él, la cumbia en cada uno de sus territorios, y curiosamente, la balada romántica, Camilo Sesto, Javier Solís y Perales, Perales. También, nunca lo pensé, la poesía maravillosa de los juglares vallenatos en Colombia.
Y como dice el mismo Rodolfo Páez, “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino...” Y ahí sigo, escuchando música. Y si los caminos tienen música, cicatrices sonoras, pues bienvenida la meta. Y lo curioso de esa llegada, es que muchos de los asistentes a esa mesa de aquella noche de conversaciones musicales, llegamos al origen, a la música que los abuelos cantaron y nos enseñaron, y descubrimos que todos, somos resultado de la mezcla de música de muchas generaciones y de sonidos que como un rompecabezas dieron resultado la polifonía de nuestro espíritu sonoro.
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