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Caótica alegría. Joy, de David O. Russel

16 de enero de 2016
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“No tiene sentido”. Esa es la primera frase, premonitoria, que se pronuncia en “Joy”. La dice la protagonista de una telenovela que la mamá del personaje principal ve todo el día en su cuarto. Podría tener sentido que varias escenas de esta telenovela se nos presenten todo el tiempo, si viéramos en su presencia un sentido del humor retorcido (lo hizo alguna vez Pedro Almodóvar) o la suficiente ironía como para que sea un contrapunto interesante del resto de la trama. Pero parece estar ahí sólo para agregar una nota pintoresca a la caótica e inocua mezcla de géneros y elementos que David O. Russell ha decidido incluir en su última película.

La primera parte, en la que una narradora de cuento de hadas (la abuela de Joy) nos presenta al personaje principal, se siente desorganizada, como si hubiera sufrido de momentos tormentosos en la sala de edición. Cortes incomprensibles, errores de continuidad y movimientos de cámara tan audaces como inútiles, sumados a una inconsistencia en lo que nos quieren contar inexplicable, convierten la visión de la película en una experiencia desesperante. Nunca entendemos qué hace tan especial a Joy, ni las razones de que una mujer inteligente y despierta termine encerrada en una casa con una mamá que no le colabora y con su papá y su exmarido intentando convivir en el sótano. Dan ganas de gritarle que es bella e inteligente y que huya con sus hijas tan rápido como pueda de esa casa de locos.

Aunque un guión pueda surgir de una idea que funciona como tesis principal (piensen por ejemplo en la reivindicación de la tristeza de “Intensamente”), hay que acompañar aquella idea de otros elementos coherentes para construir una historia. “Joy” se siente como un piano con una sola tecla, que machaca todo el tiempo lo mismo: hazte dueña de tu vida. Sí, con eso se escribe una pancarta en una marcha, pero no una película de dos horas. Sin embargo, la fluidez narrativa mejora al mostrar el ascenso de Joy como una empresaria que logró convertir su idea de un mejor trapeador en un negocio (el enfoque feminista es tan poco sutil como eso).

La innegable química de Jennifer Lawrence con Bradley Cooper, ayuda a que esta etapa de la película funcione bien y a que incluso nos conmueva en ciertos momentos (algunos se alegrarán viendo a Mellisa Rivers personificando a su mamá en la época en que vivió de las televentas) pero de nuevo, las vueltas del guión (igual que en las telenovelas Russell sólo quiere que las cosas salgan bien para su heroína en el último minuto) y el “enamoramiento” del director con su actriz principal (“Joy” a veces parece el reel de presentación de una actriz mostrando que sabe hacer de todo: bailar, cantar, hablar en español) hacen que la solidez de la trama alrededor sea frágil, y los personajes secundarios, meras caricaturas.

Puede que “Cenicienta” sea una historia que siempre atrapa (con ella se hacen miles de telenovelas). Pero ya Kenneth Branagh la había vuelto a contar el año pasado. Y la contó mucho mejor.

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