Cuenta Freddy Toro que en tiempos de cosecha del guáimaro tomaban su semilla para hacer bollos y un poco de dulce, pero la mayoría del abundante fruto que soltaba se perdía en la tierra. Hoy saben que ese árbol que los acompañó toda la vida ofrece materia prima para producir harina, es una envidiable fuente de calcio y contiene prebióticos fundamentales para el sistema digestivo.
Ahora la comunidad en Becerril, Cesar, a la que pertenece Fredy planea su futuro económico y social alrededor del guáimaro gracias a que lograron descubrir sus bondades ocultas y a que hacen parte de un monumental proyecto que convoca a 85 científicos de 22 instituciones y que busca hacer lo mismo con miles de especies en Colombia.
Desde Londres, Mauricio Diazgranados, líder de investigación en el Real Jardín Botánico de Kew, repasa la última actualización de plantas con usos reportados en Colombia y da cuenta de 7.000 especies destinadas ya sea como fuente de alimento, con fines medicinales o para materia prima. De muchas de estas, advierte el científico, se desconocen potenciales usos múltiples. Sin contar que apenas representan poco más de un 30% de las 26.134 especies de plantas conocidas en el país, sumando además 7.273 especies de hongos catalogados, siendo ambas cifras fracciones de la total riqueza de flora y funga existentes en Colombia.
Mientras el segundo país más biodiverso del mundo sigue medio a ciegas sobre el potencial de su naturaleza, para 2025, firmas como Blomberg estiman que la suma del mercado mundial de cosméticos naturales y orgánicos, de productos fitoterapéuticos y de alimentos funcionales rondará los 57 billones de dólares, y son apenas tres de los muchos sectores que pueden beneficiarse de la bioeconomía, la cual hace aprovechamiento de los recursos naturales de una manera sustentable.
“Yo voy a una región remota de Colombia, urgida de oportunidades, y veo que allí hay una especie de la cual se extrae un insumo para producir, por decir un ejemplo, perfumería Chanel, o cualquier otra materia prima que las industrias busquen. Pero allí las personas no saben del uso que puede tener esa planta y si están al tanto no saben qué pasos seguir para comercializar ese recurso que tienen. Bueno, para eso creamos el proyecto de Plantas y Hongos Útiles de Colombia”, ilustra Mauricio, líder de la investigación que arrancó formalmente en 2019 con recursos del gobierno británico, el liderazgo del Real Jardín Botánico de Kew, en colaboración con el Instituto Humboldt y apoyo de decenas de universidades.
Las expediciones Colombia BIO, organizadas por Colciencias,fueron el antecedente de este proyecto que, según explica el biólogo, se fundamenta en cuatro paquetes. “Primero, compilar la información de plantas y hongos útiles, de alta calidad y verificada por científicos, para que quede a disposición del público”. En esta tarea lograron construir dos plataformas (www.colplanta.org) y ColFungi (www.colfungi.org), esta última supone, amplía Mauricio, un esfuerzo sin precedente para conocer el mundo de los hongos, terreno casi virgen en Colombia.
Los pilares restantes son la difusión de este conocimiento en los territorios mediante diferentes formatos; la creación una plataforma digital para crear una Red de Cadena de Valor, en la práctica, “una especie de Craiglist donde se pueda ofrecer y buscar productos; las comunidades entren en contacto con las industrias y exista un soporte científico y un marco legal que respalde ese proceso”. Y finalmente un plan piloto de esta Red en Becerril, en la Serranía del Perijá; Bahía Solano, como representante del Chocó biogeográfico; y Otanche, en la Serranía de Las Quinchas, Boyacá, tres áreas ricas en contrastes y en biodiversidad.
Semillas de un cambio lento
Mauricio precisa que el promisorio resultado de este proyecto no puede dejar de lado un contexto plagado de desafíos. El ritmo acelerado en las tasas de deforestación y la consecuente desaparición de especies; el deterioro del orden público en muchas zonas ecológicamente sensibles, así como el déficit de investigadores y recursos para estudiar la vastedad de la biodiversidad nacional, son muros que según Diazgranados impiden cruzar completamente hacia la otra orilla donde se encuentra un mayor conocimiento de la riqueza natural del país.
Por ejemplo, respecto al poco conocimiento sobre hongos en Colombia, el investigador explica que se debe a varios factores. “No hay suficientes biólogos, en buena medida porque muchos deben abandonar el país por la falta de oportunidades laborales. De manera que los investigadores, los micólogos existentes, tienen que hacer una tarea titánica para estudiar e identificar especies. Los cálculos nos dicen que el país podría tener hasta 300.000 especies de hongos. No hay manera de abarcar semejante cifra con la cantidad de investigadores actuales. Pero, además, la caracterización requiere estudios moleculares que son costosos y los laboratorios aptos con la tecnología para hacer esa secuenciación son pocos y solo está en algunas ciudades principales. De manera que si no hay una estrategia central desde Minciencias es difícil abordar el campo de los hongos y su potencial”, concluye.
Pero, en el fondo, resalta, se necesita cambiar el paradigma “que ha orientado a Colombia a pensar que el desarrollo económico y la conservación de la biodiversidad están en orillas opuestas. El Estado debe reorientar su interés en los territorios para explotar el subsuelo (carbón, petróleo y otros minerales) y sentarse a pensar cómo conservar su biodiversidad a través del uso sostenible de la misma, pero esas transformaciones tardan varios años”.
Aún así, a diversa escala hay señales de esa transformación. Freddy Toro, quien lidera la junta de acción comunal en la vereda Río Maraca, en Becerril, recuerda que de niño aprendió una relación con su entorno que durante muchos años consideró correcta. “Los papás tenían una visión de tumbar monte, destapar bosque y meter candela para sembrar. Ya hoy sabemos que mucho de lo que ha desaparecido es posible que no vuelva, entonces debemos cuidar lo que nos queda. Con la asociación Envol-vert estamos trabajando la producción de harina con el guáimaro. El Humboldt nos hizo el estudio para saber cuánto podemos recoger, cuánto fruto debe quedar para consumo de los animales y cuánto debe volver a la tierra para que esto sea sostenible. Y estamos aprendiendo sobre otros árboles que siempre tuvimos aquí pero que no sabíamos todo lo que podían darnos con un manejo responsable”, relata.
Garantías de sostenibilidad
Mabel Tatiana Rojas Rueda, experta en reconversión productiva y agroecología del Humboldt y manager del proyecto Plantas y Hongos Útiles, explica que antes de llegar a un territorio para organizar una cadena de valor alrededor de una especie aprovechable hacen “un ejercicio muy riguroso para comprender las comunidades desde sus necesidades, sus historias y el uso de la tierra. Cuando elegimos especies promisorias y útiles lo hacemos desde las dimensiones social, ecológica y económica. No nos interesa saber solamente si es rentable en términos financieros, porque finalmente estamos impulsado relaciones sociales”, dice.
Así como Freddy da testimonio de un cambio de paradigma en el plano comunitario respecto al relacionamiento con la biodiversidad, la investigadora también destaca avances a nivel nacional.
“Se puede garantizar un aprovechamiento sostenible porque el país ha ido fortaleciendo sus mecanismos. Hace una semana, por ejemplo, el Gobierno publicó el Decreto 690 (ver qué sigue) que es un gran avance porque regula que cualquier persona u organización que quiera hacer el aprovechamiento de la flora silvestre o productos forestales no maderables deben cumplir con un estudio técnico de la especie a nivel poblacional bajo criterios biológicos, ecológicos, sociales y económicos”, dice.
El Humboldt adelantó desde hace tres años protocolos de aprovechamiento y uso para especies con alta demanda lo que representa un ahorro de tiempo para comunidades que planeen procesos asociativos alrededor de estas.
Tatiana reconoce que la bioeconomía del país está aún en una fase incipiente, con apenas 305 empresas bio-innovadoras y territorios casi inexplorados como los hongos. Además plantea retos para que el beneficio por el uso y aprovechamiento de estos recursos no excluya eventualmente a las comunidades una vez el negocio tome vuelo. “Hay que llevar capacitación empresarial, además de técnica, para que puedan incrementar su poder de negociación frente a las industrias. Necesitamos también que la transformación se haga en los territorios para que el precio por valor agregado se quede allí, y eso necesita sistemas agrodiversos”, expone.
De todos modos la investigadora es positiva frente al panorama actual. “Yo creo que es un hito que tengamos un Conpes de Crecimiento Verde con miras a 2030 y que este incluya la definición de biodiversidad, algo que no tienen las políticas de bioeconomía en países europeos. Creo además que es un gran acierto que el Conpes plantee un enfoque rural”.
Tatiana y el equipo del Humboldt seguirán organizando el piloto en Becerril, Bahía Solano y Otanche; los portales de plantas y hongos sigue enriqueciéndose continuamente, mientras Mauricio cuenta los días para que las restricciones por la pandemia y las recomendaciones de seguridad de la Embajada británica para evitar ciertas zonas de Colombia por problemas de orden público cesen para poder viajar con el nutrido equipo de científicos del Kew.
La última vez que estuvo en expedición en Colombia fue en febrero de 2020. Recuerda estar tomando café frente a las montañas de la Serranía de Las Quinchas con un equipo periodístico de la BBC que documentó la investigación, mientras escuchaban por radio cómo un nuevo virus seguía su ritmo amenazante y él, viendo hacia las montañas, saboreaba el café y pensaba en todas las especies que siguen ignotas y en esa suerte de carrera contra el tiempo para no llegar muy tarde a su encuentro.
US$3
millones exportó el país en ingredientes naturales durante 2019: Comtrade.
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