Escribiendo este artículo recordé una escena conmovedora de la película de El Señor de Los Anillos, Las Dos Torres. En ella, y tras sufrir un ataque de desesperación, Sam Gamyi, el hobbit y jardinero, le dice a Frodo, que es el protagonista y portador del anillo, que hay historias tan oscuras que uno quería saber el final porque ¿cómo podrían tener un final feliz? ¿Cómo podría ser el mundo como antes cuando han pasado tantas cosas malas?
En Medellín ese intento de final feliz, para historias complejas, se está dando cada día con Parceros, un programa de la Alcaldía que de manera discreta no solo está cambiando vidas, sino que las está salvando, y en el que hasta la fecha han participado 9.000 jóvenes.
Ser joven puede llegar a ser muy difícil para algunos. Y lo que busca el programa es encontrarlos para ir incluso más allá de los programas de atención tradicionales: además de brindarles oportunidades educativas y laborales, tienen una acompañamiento psicológico, con enfoque cognitivo-conductual que ha mostrado buenos resultados en otras partes del mundo.
Se trata de atender a jóvenes que ni estudian ni trabajan, algunos de ellos sufren depresión, o pueden estar en problemas de drogas o en riesgo de delincuencia. Según los indicadores del programa, han logrado mejoras significativas en el bienestar emocional de los participantes, con una reducción de 87 % en síntomas asociados a depresión y de 83 % en ansiedad.
Parceros es tal vez la apuesta social más ambiciosa que tiene la actual administración dirigida a niños, jóvenes y mujeres vulnerables que –de seguir el camino que las circunstancias de la vida les ha puesto– están en inminente riesgo de caer en los peores pasos.
Para poder entender la esencia de Parceros hay que alejarse de las cifras y narrar su importancia desde las vivencias de quienes hacen parte del programa. Y aunque los fríos datos son muy útiles para los estadistas, vale resaltar las historias para que quien pueda identificarse con ellas sepa que hay alternativas.
La historia de Yecenia
María Yecenia Noreña Estrada, o simplemente “Yece” –cuando uno le coge confianza–, es una de las “embajadoras” más conocidas de Parceros. Y muy seguramente sea la mejor “vocera” del programa. Ella es una mujer con un carisma arrollador y una sonrisa franca y hermosa. Sus ojos y manos gráciles son tan expresivos como sus palabras. Es de esas muchachas “entronas” que se hacen coger cariño rápidamente y que automáticamente irradia una admiración que –tras conocer su relato de vida– crece exponencialmente por la verraquera con la que ha enfrentado las dificultades.
Yece cuenta su historia sin ambages, sabe que en muchos aspectos es dura y triste, pero también es consciente que tal vez al darla a conocer sin matices, muchos jóvenes sepan que hay gente que los entiende y que les puede dar una salida como la que ella encontró.
“A los 9 años mi papá biológico, que había acabado de salir de la cárcel, me intentó violar. Cuando mi mamá se dio cuenta casi lo quema vivo dentro de una casa. Él se fue, pero bueno... Ya con el paso del tiempo, a los 16 años quedé embarazada. Pero algo cambió en mi mamá, como que dejó de verme como una niña porque ella dijo: si esta mujer ya va a tener un hijo, entonces puede responder por todo. Entonces ella me ofreció la opción de trabajar en la prostitución como lo había hecho ella y como lo había hecho mi abuela”, relató.
A esa edad, comentó, no quería ser víctima de explotación sexual. Por eso buscó como pudo rehuirle a ese mundo. Trataba de enfocarse en sus estudios e incluso pidió ayuda en la Alcaldía de ese entonces pero no pudo acceder a los apoyos por un tecnicismo burocrático. Ella estaba en octavo grado y los apoyos solo se brindaban a partir de noveno año. Aún así, de tanto porfiar y ya siendo madre, logró conseguir un apoyo para un curso de panadería y repostería. Pero enfrentó un obstáculo.
“Yo le dije a mi mamá: ‘yo quiero hacer esto’ y mi mamá me dijo: ‘no, eso no te va a dar plata’ o ‘no, pa’ eso yo no te voy a cuidar el niño’. Entonces, me sentí muy mal, pero a los días me dijo ‘Pero si te dedicas a esto (la explotación sexual) ahí sí le cuido al niño’. No quedó de otra, entonces acepté. Mi mamá me presentó a una proxeneta que era dizque amiga de ella, que me iba a llevar a donde estaba la plata”, recordó.
Siendo menor de edad –continuó– comenzó fue víctima de explotación sexual. Con apenas 17 años ya hacía viajes por fuera de la ciudad y lo padecía. Sin tener cédula todavía, ya había recorrido varios pueblos del departamento siendo explotada sexualmente en bares y discotecas.
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“Uno así va conociendo mujeres que le dicen a uno: ‘yo te doy el teléfono de alguien’. Ese ’alguien’ es el encargado de mandarlo a uno para los pueblos prestándole a uno los pasajes. Ya cuando uno esté allá, los descuentan de lo que se haga. Mejor dicho, desde que uno llega, va debiendo. Así pasa para salir a los pueblos y así pasa para salir del país”, explicó.
Ya siendo mayor de edad, viajaba más lejos, incluso a Bogotá. Allí le ocurrió uno de los episodios más terroríficos, pues sintió que su vida estuvo en riesgo.
“A nosotros nos recogían de Bogotá a Funza –a los apartamentos donde uno vivía y comía y por los que ya había una deuda, y al bar o discoteca– y viceversa. Estando allá, como al segundo día, a mí me dio una hemorragia muy fuerte porque el día antes había estado con varios hombres. Entonces yo le dije al jefe que yo estaba muy enferma y no podía trabajar así. El tipo aún así me quería obligar. En un momento, mientras me cocinaba algo, me agarró a golpes en la cabeza y me apuraba para que fuera a trabajar así, pero te juro que no podía. Al final me dijo: ‘entonces no vayás, que vos no servís para nada’. Pero me dejó encerrada con llave. Y yo no me podía volar porque me habían retenido todas mis cosas. Entonces, al verme secuestrada, yo llamé a la Policía de allá y... fue lo peor de mi vida... porque llamé a la Policía y me dijeron: ‘Ah no, ahí no la podemos ayudar’... Los policías de allá eran ‘amigos’ del tipo”.
Yece recordó que quien la salvó de ese secuestro fue un cliente, con cierto poder, que negoció su libertad con “el jefe”. Pero tiempo después el remedio fue peor que la enfermedad pues, sin saber cómo y pese a que el tipo no estaba en Medellín, andaba pendiente de todos sus movimientos, como si ella no fuera una persona sino un objeto más de su propiedad.
“Él como que me espiaba porque me llamaba al celular y, me decía: ‘¿Usted para dónde va?’ o ‘¿Por qué está afuera de su casa?’. Me imagino que el celular que me regaló estaba chuzado. Eso siempre era una constante, esa sensación tan aburridora de ‘te ayudé pero recordá que me debés’”, añadió.
Esta situación y otras tantas igual de escabrosas que le pasaron durante su juventud fueron haciendo mella en la vida de Yece, pese a su corta edad. Más de una vez tocó un fondo tan profundo como para intentar quitarse la vida... seis veces, para ser precisos.
“Yo me quería morir porque es un estilo de vida horrible. Yo me decía: ’Así yo tenga plata, esta plata es maldita’. Porque uno con plata quiere darse sus gustos como ir a comer a un buen restaurante, como para sentirse bien. Pero apenas llegaba, la gente me miraba raro. Es más hasta en uno de ellos, donde había niños, me sacaron. ¡Claro, si iba vestida mostrando todo, porque así me tocaba!. Mejor dicho, yo ya no quería más esa vida porque me sentía super mal, me sentía super frustrada...”, detalló.
La segunda oportunidad
Yece narró que a lo largo de esos años le tocó vivir algunas de las experiencias más sórdidas que uno puede escuchar. Yo no se lo digo, pero para mí son vivencias tan duras que estoy seguro que lograrían arrugarle el corazón hasta al más templado.
Pero como es una mujer verraca que no quería seguir en esa vida –y ante la falta de oportunidades para salir de ese mundo tan desesperanzador– ella misma se labró la salida. Con un plante que tenía y a punta de mirar videos en YouTube y de aprender viendo, montó su propio negocio, un pequeño spa de uñas que –tal vez sin ella saberlo– se convertiría en su mayor riqueza: una segunda oportunidad.
“Empecé a mirar en YouTube cómo hacer uñas, porque no tenía plata para los cursos. O me paraba afuera de las peluquerías y decía, ‘¿me va a dejar ver cómo trabaja usted, yo aprendo?’. En muchas partes me dijeron que no. Pero hubo alguien que me dijo que sí. Ella se llama Andrea. Ya con el tiempo y $400.000, empecé con mi negocio con dos maquinitas, unos cuantos barnices. La clave era cobrar muy poquito mientras aprendía”, dijo.
Por cosas de la vida notó que varias de sus clientas eran trabajadoras sexuales. “Un día llegó una y me dijo: ‘Ay, Yece arréglame lo más lindo que podás, porque hoy tengo mi graduación’ Y yo le dije: ‘¿Te gradúas?’. Y me dijo: ‘Sí. De Parceros. ¡El mejor programa que ha llegado a mi vida!”, recordó.
Aunque curiosa al principio, Yece era reacia de saber más de Parceros. Al final, la clienta se le supo meter por el lado de la constante depresión que Yece sufría y que tal vez allí podría encontrar una mano amiga para lidiar con ese mal. “Ella me dijo algo que nunca se me va a olvidar: ‘Yo te voy a llevar. Date un tiempo para vos’”, recordó.
La clienta le pudo conseguir un cupo a Yece por medio de la psicóloga que la atendía y una semana después Yece estaba dando inicio a un viaje de autodescubrimiento que la ha llevado a reconocerse de una manera más conciliadora. Destacó que el recibimiento fue completamente distinto a cualquier experiencia previa: no fue un trato frío ni institucional, sino un desborde de calidez sincera y humana donde el respeto y la confianza eran notorios.
Ella contó que al conocer a Paulina, su psicóloga asignada, sintió por primera vez un trato genuino y cercano, como el de una madre, lo que la llevó a tomar la decisión de quedarse. Según Yece, sin importar las dificultades cerraba su negocio con tal de asistir a las sesiones de Parceros porque encontró allí un espacio donde se sentía valorada y escuchada. Según ella, es un asunto que le hace falta a niños y jóvenes de la ciudad.
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“Como no voy a amar a Parceros si allá he hecho cosas que nunca pensé hacer. He conocido a J. Balvin o a Claudia Bahamón. Me sorprendió que es gente que te trata con cariño, con cercanía, que dicen que me conocen y que saben mi historia, pero me lo dicen con cercanía, como si me conocieran a uno de toda la vida. Bueno, compusimos y grabamos el himno de Parceros y lo he cantado en La Macarena. Todo lo que me ha pasado allá cambia la vida de cualquiera porque me ha hecho sentir importante”, explicó.
Yece subraya que el programa no solo brinda experiencias, sino también estructura, acompañamiento profesional y sentido de comunidad. Herramientas que hacen sanar heridas del pasado pero que también muestran el potencial de los participantes. Destacó que el programa le enseñó a valorarse y a poner límites en sus relaciones. Tan valioso ha sido Parceros para ella que no solo le permitió sanar su relación con su madre y reconciliarse, sino hasta llegar a perdonar a ese ser aborrecible que es su progenitor, eso sí, no sin antes cantarle sus verdades a la cara.
Cambio total
Tras atravesar tantas sombras en su vida, hoy Yece es una orgullosa madre de dos hijos y es funcionaria del programa Por Mis Derechos, donde apoya a las mujeres de la ciudad en temas de salud, psicología, educación y formación institucional. Desde su rol como funcionaria, sabe que aunque Parceros es un gran programa, aún falta mucho por hacer.
“Esta Alcaldía está haciendo el cambio más grande porque está juntado a gente de allá y de acá en un programa para una minoría que a la final es mayoría. El tema de explotación sexual infantil, de prostitución, de trata de personas en Medellín es enorme. Y lo atestiguo cuando intento abordar a las muchachas en la calle y veo que hay gente que las obliga a eso, que las vigila que nos miran raro en las brigadas. Pero no importa, Parceros debe ir a dónde toque ir. Yo por eso le he dicho a Fico: ’no sé a a usted cómo se le ocurrió esto, pero fue lo mejor que pudo hacer’”, dijo.
Por increíble que parezca, el hecho de que Yece haya decidido volverse la abanderada de Parceros a algunos de sus vecinos no les ha gustado. Pero como dice la misma Yece: “Al palo que más frutos tenga, es al palo que más van a apedrear. Pero ahora soy un palo fuerte. Esas piedras de odio no van a tumbar mis frutos porque yo tengo algo que es más grande. Y es Dios. Yo sé que Parceros me los dio Dios y quien me sacó del hoyo tantas veces para darme tantas cosas buenas ha sido Dios”, detalló.
Finalmente, le envió un mensaje a los chicos que puedan leer esto y que estén pasando por situaciones similares a las que ella vivió.
“No pierdan esa fe ni tengan pena de tocar esta puerta que es Parceros. Allá llegó un chico de 14 años que era expendedor de droga y desde que llegó a Parceros ha venido recuperando esa inocencia que le quitó la propia familia. Él me dice: ‘Ay, profe, es que yo amo venir acá porque no me dejan morir de hambre, porque a veces aguanto hambre toda la semana’. O que a mí una mujer me diga ‘Yecenia, hoy no me fui a tomar, hoy no fui a trabajar en la calle porque mañana tengo que madrugar a Parceros’ para mí es mucho. Porque así pierdan hasta $300.000 por no trabajar en la calle ese día, van a Parceros porque allá saben que allá se sienten escuchadas, pero también queridas”, detalló.
Al final, como decía el buen Sam Gamyi, la de Yece se convirtió en una de esas grandes historias, no por la tragedia que la marcó sino porque de todo ese dolor ha salido una luz que, muy posiblemente, se irradie a muchos más que se identificarán con su testimonio, pero que también hallarán una esperanza para salir adelante.
La directora de Parceros, Paulina Patiño, comentó que el programa es una de las apuestas sociales más ambiciosas de la ciudad para prevenir la criminalidad desde la base: niños, niñas y jóvenes en situación de alta vulnerabilidad. La iniciativa trabaja con población desde los 10 años que ha crecido en entornos marcados por la violencia, la pobreza, el consumo de drogas y la presencia de estructuras criminales, donde muchas veces la ilegalidad o la explotación sexual aparecen como únicas alternativas de vida.
“El programa identifica a sus beneficiarios mediante un trabajo articulado con entidades como la Policía, el ICBF y sistemas de información institucionales, priorizando barrios con alta incidencia de grupos ilegales. Además, realiza búsqueda activa en territorio, incluso en zonas complejas, donde equipos interdisciplinarios —principalmente psicólogos— se acercan directamente a los jóvenes y sus familias. También emplea estrategias como encuentros comunitarios y testimonios de participantes para generar confianza”, detalló.
Patiño añadió que Parceros trabaja con jóvenes que están instrumentalizados o en riesgo de serlo por parte las bandas (Parceros); con estudiantes de grado séptimo a grado once con problemas de comportamiento (Parceritos); con aquellos en riesgo de conflictos futuros con las autoridades (Jóvenes Creadores); y con mujeres adolescentes y jóvenes en condición de explotación sexual y prostitución (Parceras). El objetivo central es brindar acompañamiento psicosocial intensivo y acceso a oportunidades reales, como educación y empleo, en alianza con empresas privadas.
“Los jóvenes que ingresan suelen presentar historias de pobreza extrema, abandono, violencia y falta de afecto, lo que se traduce en baja autoestima y ausencia de proyecto de vida. Por ello, el programa se enfoca primero en reconstruir la confianza y resignificar sus experiencias mediante atención personalizada y trabajo grupal. A partir de allí, se construyen metas individuales y se fortalecen habilidades para la vida”, explicó.
Aunque no ofrece incentivos económicos directos, Parceros busca contrarrestar la atracción del “dinero fácil” promoviendo valores como la dignidad, la estabilidad emocional y la posibilidad de un futuro distinto. Según cifras del programa, cerca de 9.000 jóvenes han participado, de los cuales 7.000 se han graduado, y alrededor de 1.200 han accedido a empleo formal.
A pesar de los desafíos en territorios con alta tensión en temas sociales y de seguridad, donde a veces los mismos pillos reciben a los funcionarios con mala cara, Parceros ha logrado posicionarse como un espacio seguro y confiable. Actualmente, se trabaja en su fortalecimiento institucional para garantizar su continuidad como robusta política pública, como lo es hoy Buen Comienzo, para así quedar blindado independiente de los cambios de administración.