En una de las esquinas famosas de Campo Valdés venden las mejores avenas de Medellín, las de don Carlos, las de toda la vida. Eso dicen quienes han tenido la oportunidad de visitar el Saloncito Esmeralda que queda ubicado justo arriba de la parroquia El Calvario en la comuna 4 — Aranjuez, un granero con casi 60 años de historia que fue pionero en la zona y que ha pasado de generación en generación.
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Era 1968 cuando Carlos Miguel Jaramillo y su esposa Teresa de Jesús Úsuga empezaron a vender fritos y café en ese local luego de llegar a la capital antioqueña desde el municipio de Ituango en busca de una mejor vida. Dicho establecimiento ya llevaba por nombre “Saloncito Esmeralda”, pues así fue bautizado desde sus orígenes cuando la propiedad pertenecía a otro familiar.
A partir de ese momento empezó una historia llena de trabajo, constancia y calidez, pero sobre todo mucho sabor. En la década de los 70, al lado del Esmeralda, había un señor que vendía avenas. Su producto era muy consumido por los que habitaban ese barrio en aquella época; sin embargo, al poco tiempo murió y las personas no encontraron más alternativa que preguntarle a don Carlos si quizá vendía las mismas avenas. Él nunca conoció la receta de su vecino fallecido, pero se las ingenió para crear una propia y aprovechó la alta demanda para empezar a promocionar la bebida que cambiaría todo.
Fue tanta la acogida que quien llegaba al granero por lo primero que preguntaba era por la avena; así de rápido como se consumía se expandió el rumor de que en Campo Valdés se hacía la mejor de todas. Pasaron algunos años y ahora no sólo vendían fritos y café, Carlos y Teresa también le apostaron al mecato y alimentos como arepas, quesos y otros para suplir las necesidades básicas de la comunidad, que no siempre tenía cómo pagar.
“Mi papá siempre fue un hombre muy noble y muy caritativo. Cuando alguien no tenía forma de comprar lo del desayuno o cualquier otra comida él le fiaba, o incluso le regalaba a los que él sabía que no podían pagar. En ese entonces era muy habitual que se vendieran arepas menudiadas, medio quesito, un poquito de azúcar o sal, entonces les decía que no había problema, que él les ayudaba con eso”, cuenta Ómar Andrés Jaramillo, uno de sus hijos, mientras saluda a quienes pasan por la cuadra sentado en una de las mesas del Saloncito Esmeralda.
También hubo rachas no tan positivas, y es que este granero no fue ajeno a los tantos años de violencia que padecieron la mayoría de barrios populares de Medellín, pero por fortuna, salió bien librado de los conflictos criminales que hubo en esa época oscura de la ciudad.
“Aquí gracias a Dios nunca hubo un homicidio o una pelea que dejara heridos. A los alrededores del local sí había mucha cosa: una vez nos tocó un atentado y eso volaron escombros por toda parte, hasta aquí cayeron; también mataron a algunos en medio de tanta violencia y más porque en esta zona a veces se ponía muy maluca la situación, pero a nosotros nunca nos pasó nada ni tampoco a los clientes”, agrega Ómar.
A pesar de eso y otros acontecimientos quizá no tan plácidos, la pareja de esposos, sagradamente, abría su negocio todos los días desde las 6:00 a.m. hasta las 10:00 p.m., incluso después del fallecimiento de don Carlos en diciembre de 2009, una ausencia que dejó un vacío en el barrio.
Tantos años de servicio no han sido en vano, pues el Saloncito Esmeralda, a pulso, se ganó el reconocimiento de cientos que todavía siguen visitándolo, incluso muchos de ellos, ya mayores, no olvidan que allí fue donde se tomaron su primera avena cuando apenas eran unos niños.
Los "vitalicios" del Saloncito Esmeralda
Martín Horacio Ríos llega al Saloncito Esmeralda y se toma un café o una avena. La primera vez que conoció el negocio fue cuando tenía 7 años, un día que salió de la escuela con sus amigos. Desde ese momento, cada vez que puede “se pega la pasadita”. Para él es como una segunda casa.
“Ahora tengo 66 y disfruto venir aquí igual que cuando era más pequeño. Es un lugar muy bonito, un patrimonio del barrio que mucha gente quiere porque los atienden muy bien. Don Carlos, por ejemplo, era un señor muy amable. Las personas que lo conocieron no tienen una mala palabra para decir de él. Siempre se esmeró por sacar a su familia adelante y lo logró honradamente”, señala.
Cómo él hay muchos otros adultos mayores que llenan las mesas del establecimiento. Se sientan allí a conversar mientras se comen o se toman algo, un ritual que se volvió hábito en sus vidas.
“Ojalá esto perdure mucho más tiempo. Se lo merecen ellos y nosotros”, detalla otro cliente fiel de la Esmeralda.
El Esmeralda: un legado familiar
Lo que en un primer momento perteneció únicamente a Carlos y Teresa, ahora se convirtió en un negocio al que varios integrantes de la familia aportan su granito de arena. Desde hijos hasta sobrinos y nietos, todos trabajan en pro de que el Saloncito Esmeralda siga vigente.
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Miguel Ángel Jaramillo es el hijo de Ómar, tiene 20 años y su anhelo de continuar con el legado familiar es igual de grande que la iniciativa que tiene para trabajar a diario. Le recibe a su tío a las 5:00 p.m. y es quien se encarga de atender a la clientela hasta la madrugada y también de cerrar el local.
“Mis primos y yo crecimos en este barrio, y el granero era donde casi siempre nos manteníamos. Esto no se puede dejar perder, la avena que vendemos aquí es única y fue uno de los primeros negocios que hubo en la zona, hay que cuidarlo”, dice Miguel Ángel.
Ahora son muchos los locales que hay en este sector de Campo Valdés, de todos los tipos y colores, sin embargo, el Saloncito Esmeralda sigue ahí, en esa esquina, con su icónica avena, sus clientes leales y una historia que aún no tiene fecha de caducidad.