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Cuando se conmemoran 30 años del alzamiento palestino, Trump dispara la indignación de los musulmanes.
Para pasar de Jerusalén, epicentro del conflicto árabe-israelí y ciudad sagrada para tres religiones, hacia la cercana Ramala, capital forzosa de los palestinos en Cisjordania —a solo 14 kilómetros—, se debe hacer toda una travesía. Los numerosos puestos de control israelíes y el serpenteante muro que divide y desgarra Tierra Santa reducen los caminos, y por ende los musulmanes, cristianos y colonos judíos tienen que aguantarse trancones de varias horas para cruzar al otro lado.
El muro ya está emplazado bastante lejos de lo que en principio fue la frontera de 1967. Esto es, ya de facto Jerusalén no está dividida en dos, sino que los asentamientos palestinos están fuera, alejados de la que alguna vez fue su ciudad. Aún así, cada día, decenas de miles de ellos se aventuran de vuelta por los puestos de control para acceder a la parte más sagrada, la Ciudad Vieja, donde rezan en la Mezquita de Al Aqsa, uno de los templos más sagrados para el Islam.
De esta forma, a pesar de que Israel controla...