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La cotidianidad se ha asentado sobre cadáveres. 388.652 muertos en 10 años; 38.865 cada año; 3.238 cada mes; 107 cada 24 horas. Las cifras ya no importan. Ya no dicen nada. Tras una década de conflicto, la guerra en Siria va rumbo a convertirse en una tragedia sin sorpresa. Las bombas ya no hacen ruido, los caídos caen sin memoria y el futuro es un túnel sin luz.
La perspectiva suele ser dura con el pasado. La vista atrás encuentra en el detonante de la guerra a miles de sirios que al grito de «Silmiya» (pacífica) abarrotaron en 2011 las calles del país. Exigían libertades y apertura política, como ya otros miles lo clamaban en Yemen, Egipto, Bahréin y Libia. Era eso que los contemporáneos se apresuraron a llamar “Primavera árabe” en un intento por nombrar aquello que parecía el “florecimiento” de un nuevo Oriente Medio.
Marchitó rápidamente. “Tenían la esperanza de derrocar a los regímenes que llevaban décadas gobernando con mano de hierro”, señala Hasan Turk, analista en Asuntos sobre el...