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Volver a empezar tras el cáncer

Dos mujeres cuentan cómo atravesaron diagnósticos difíciles, cirugías, miedos y pérdidas sin dejarse vencer. Sus historias hablan del dolor, pero también de la fuerza, la familia y la posibilidad de volver a vivir.

  • El pasado 3 de junio se conmemoró el Día Mundial del Superviviente de Cáncer. FOTO Camilo Suárez.
    El pasado 3 de junio se conmemoró el Día Mundial del Superviviente de Cáncer. FOTO Camilo Suárez.
  • “La base para sanar este diagnóstico es entender que cáncer no es un sinónimo de muerte”, Gertrudis Zapata Gómez, sobreviviente de cáncer de mama.
    “La base para sanar este diagnóstico es entender que cáncer no es un sinónimo de muerte”, Gertrudis Zapata Gómez, sobreviviente de cáncer de mama.
hace 8 horas
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Edilia Castaño todavía recuerda el momento exacto en el que se tocó una pequeña bolita en el seno derecho. No estaba buscándola. Fue un gesto casi accidental. Apenas la sintió, supo que algo no estaba bien.

Era el año 2001, tenía 41 años, dos hijos adolescentes y una vida tranquila en Medellín, ciudad a la que había llegado desde Cali pocos años atrás. El mismo día que se sintió la masa tenía una cita médica y aprovechó para consultar. Después vinieron la mamografía, la ecografía, la biopsia y una palabra que, hace más de dos décadas, todavía se pronunciaba en voz baja: cáncer.

“Uno lo primero que hace es negarse. A uno le decían cáncer y uno sentía que ya estaba muerto”. El diagnóstico fue cáncer de mama grado dos. Primero tuvo que afrontar tres quimioterapias, luego la cirugía, y después otras tres quimios y 25 radioterapias más. En el camino perdió el cabello, la desafió un cansancio extremo y la asaltó el miedo de pensar que dejaría solos a sus hijos.

Un día a la vez

Edilia habla despacio, con serenidad. Quizás porque aprendió a convivir con el dolor sin dejar que la definiera, porque, en medio del tratamiento, empezó a cambiar su manera de ver la vida. Ya no le importaban las pequeñas discusiones ni las exigencias cotidianas que antes parecían enormes. Empezó a vivir un día a la vez. “Uno empieza a ver las cosas de otra forma. Ya no le da tanta importancia a situaciones que antes parecían muy grandes”.

Después de las primeras quimioterapias vino una noticia aún más difícil. Los médicos descartaron una cirugía parcial y le practicaron una mastectomía radical del seno derecho. La idea de perder una parte de su cuerpo fue un golpe difícil. “Fue muy duro porque yo ya me había hecho a la idea de que no iba a perder el seno”.

Pasaron siete años antes de que decidiera someterse a una reconstrucción. Durante mucho tiempo no quiso volver a entrar a un quirófano. Finalmente, lo hizo y hoy habla de las cicatrices de su cuerpo como si fueran una especie de mapa de supervivencia. “Las cicatrices son como esas batallas que le he ido ganando a la vida”.

Durante todo el proceso hubo algo que nunca le faltó, y fue el acompañamiento de su familia. Su esposo estuvo pendiente de cada cita, cada trámite y cada procedimiento. Sus hijos adolescentes permanecieron cerca. “El apoyo de la familia es muy importante. Es lo que te sostiene, lo que te da una ilusión para seguir viviendo. Siempre he pensado que la red de apoyo es fundamental para transitar un diagnóstico de cáncer”, dice.

Hoy, 24 años después del diagnóstico, Edilia sigue asistiendo a controles anuales y participa en grupos de apoyo y actividades para pacientes oncológicos. Hace ejercicio, toma clases de yoga y dedica parte de su tiempo a acompañar a otras personas. Cuando piensa en el cáncer, ya no lo hace desde el miedo. “Si pudiera hablar con la enfermedad, le diría que conmigo no pudo”.

“No me voy a dejar morir”

“La base para sanar este diagnóstico es entender que cáncer no es un sinónimo de muerte”, Gertrudis Zapata Gómez, sobreviviente de cáncer de mama.
“La base para sanar este diagnóstico es entender que cáncer no es un sinónimo de muerte”, Gertrudis Zapata Gómez, sobreviviente de cáncer de mama.

La historia de Gertrudis Zapata Gómez empezó de una manera parecida. También se palpó una bolita en el seno y consultó. También le dijeron que no parecía grave. Pero en su caso pasaron dos años entre aquella primera señal y el diagnóstico definitivo.

En ese momento tenía 46 años y le dijeron que no podían practicarle una mamografía porque aún no cumplía 50. Le hicieron una ecografía y el resultado indicó que se trataba de un nódulo benigno. Dos años después, el diagnóstico fue un carcinoma ductal infiltrante bilateral, es decir, el cáncer estaba en ambos senos. “Ese nódulo que dos años antes yo misma me toqué, dos años después se me llevó ambos senos”, dice.

La noticia llegó en uno de los momentos más difíciles de su vida. Era madre soltera de cinco hijos y acababa de renunciar a su trabajo para cuidar al menor, un niño que atravesaba una compleja recuperación después de una encefalitis autoinmune que le dejó secuelas cognitivas. “Yo me propuse no dejarme morir. Simplemente fue eso”.

Gertrudis habla del cáncer sin miedo. Lo hace con una mezcla entre determinación y esperanza. Como si hubiera aprendido a convivir con la enfermedad sin entregarle el control de su vida.

La vida después del miedo

En marzo de 2019 le practicaron una mastectomía bilateral radical. Le retiraron todo el tejido mamario y le hicieron una reconstrucción inmediata. La recuperación fue larga y dolorosa. Durante meses no pudo mover los brazos con normalidad. Necesitó terapias para volver a levantar las manos, y dependía de otras personas, incluso para levantarse de la cama. “Me levantaban, me llevaban al baño y me acostaban. Yo ya no me podía parar”. Pero hubo algo más duro que el dolor físico. Verse diferente. “Todas las amputaciones duelen y terminan doliendo más psicológica y mentalmente que físicamente”.

Gertrudis nunca recibió quimioterapia. Su tratamiento consistió en cirugía, radioterapia intraoperatoria y un manejo hormonal con tamoxifeno, medicamento que todavía toma y que le provoca fuertes calambres. Aun así, insiste en que el cáncer le enseñó cosas que nunca había entendido sobre sí misma. “Mi diagnóstico ha sido mi gran escuela”.

El cáncer no es sinónimo de muerte. “Es un diagnóstico, no una sentencia”, explica. Con el tiempo dejó de pensar únicamente en sobrevivir y empezó a concentrarse en vivir. Hoy dedica parte de sus días al voluntariado en Fundayama, una fundación de apoyo a pacientes oncológicos en Medellín. Allí recibe personas recién diagnosticadas, acompaña procesos y ayuda en la entrega de pelucas hechas con cabello humano. “Descubrí lo fuerte que soy a través de este diagnóstico”, afirma.

También empezó a viajar, a recorrer pueblos y a darse tiempo para sí misma después de años dedicados únicamente al trabajo y a sostener a su familia. “Me he dedicado a vivir”.

Cada una atravesó el cáncer de una manera distinta, pero ambas coinciden en algo, y es que después del diagnóstico, la vida cambió para siempre. Entre cirugías, cicatrices y tratamientos, descubrieron nuevas formas de habitar el cuerpo, de entender el tiempo y de valorar la vida cotidiana. Aprendieron que sobrevivir no es solamente seguir respirando. Es volver a empezar.

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