Hace 15 años, exactos, se fue Manuel Mejía Vallejo. Era un 23 de julio, como hoy. Se fue, solo en teoría. Ayer, en su casa, Manuel estaba en todas partes.
En los pies de su hija, Adelaida, y de su suegra, Dora Ramírez, bailando un tango en el pasillo de entrada. En la voz de Belisario Betancur, el expresidente; de Fernando Vallejo, el escritor; de Jaime Jaramillo Panesso, el también escritor. De su esposa, Dora Luz Echeverría; de su hija María José, presidenta de la Fundación Manuel Mejía Vallejo.
En los oídos de los amigos que quisieron escuchar los recuerdos. Que volvieron a mirar ese árbol en el que están los restos del escritor, para saber que, Manuel Mejía Vallejo todavía está por estos lados, en todas sus letras. Fue un homenaje de sus amigos. De los que tanto lo quisieron y a los que tanto quiso.
Entonces recordaron. Fernando Vallejo volvió a la niñez, a esas épocas en que, de muchachito, bajaba a la calle Junín y lo veía en el café Versalles. "Nunca hablé con él, porque yo era muy tímido". Luego saltó en el tiempo, hasta que llegó a cuando eran amigos y Fernando lo visitaba en cada regreso a Medellín, "como cura que va de visita al Vaticano. Me lo encontraba con media botellita de ron".
Una de esas veces, incluso cuando Fernando todavía leía novelas en tercera persona y narrador omnisciente, "que ahora odio", Manuel lo invitó a la Biblioteca Piloto, a su taller de escritura. "Fue la primera vez que yo hablé en público, a lo cual le sigo teniendo terror".
Belisario habló de un amigo entrañable, que no tenía color político. "Estaba por fuera de todas las sindicaciones. Fue una amistad que desbordó toda diferencia generacional. Fue de una grandiosidad extraordinaria. Mis relaciones con él fueron siempre de alguien de la derecha, con alguien de la izquierda, pero nos entendíamos supremamente bien. Manuel tenía alma protectora de los seres humanos humillados y ofendidos". Eran un grupo de personas que se entendían, que estudiaban las mismas cosas, que debatían, sin importar nada más. "Éramos una querencia", pero el expresidente tenía más palabras para definirlo: "Era un líder silencioso de una generación".
La conversación continuó con Jaime Jaramillo Panesso y, con él, las palmas se chocaron, emocionadas. "Uno ve un árbol tan bello como el que está en la entrada, con grandes raíces que bailan tango en los pies de Adelaida. Él nunca la vio bailando tango, pero él sigue bailando en sus pies". Habló de la música, de que fue un pegante que los unió en la amistad. "Manuel dejó una huella no solo personal, sino colectiva".
El homenaje siguió, entre recuerdos, letras y poemas. Algunos tonos de humor. Algunas risas. Entre Manuel Mejía Vallejo y sus huéspedes. Para él, señaló Panesso, la familia era su vida, y convocaba a los amigos alrededor de él. "El de hoy es un acto de vida y seguramente Manuel estaría esperando que cantaran las canciones de Tartarín Moreira, que eran las que más le gustaban a él".
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