Mañana lunes va a hacer ocho días que este diario dedicó una de sus páginas interiores a una foto espectacular de las playas de Copacabana, donde se veía un mar de tres millones de personas que acompañaron al Papa Francisco en la vigilia previa a su último día en Brasil, el domingo 28 de julio.
Muchos nos hemos preguntado ¿qué líder es capaz de reunir a tantas personas? Ninguno otro. Y hay que agregar que dichas personas quisieron, libremente, estar con el Papa.
En El Mundo y El Tiempo del mismo lunes leí unos resúmenes de las palabras del Papa ese domingo 28 y me convencí de que él da mensajes directos que interpelan a toda una civilización, pero muy especialmente a los católicos.
Y pensé en Juan XXIII. Yo era una preadolescente cuando fue elegido Papa y recuerdo los comentarios de muchos que no entendían por qué el Cónclave de 1958 había escogido a un anciano.
Sin embargo, este anciano convocó a un Concilio para "aggiornare", (poner al día), a la Iglesia Católica, pues el Papa Juan consideraba que la Iglesia que dirigía no estaba respondiendo a los signos de los tiempos.
Creo que Francisco está retomando las ideas de Juan XXIII y, basado en las reflexiones que dejó el Concilio Vaticano II, también quiere poner al Catolicismo al día, para responder a los signos de esta primera mitad del Siglo XXI.
Ese domingo 28 les dijo a los jóvenes que se dejaran llenar del Señor, que fueran cristianos auténticos y protagonistas de los cambios sociales que necesita el planeta. Pero fue más allá y agregó: "No dejen que otros sean los protagonistas de los cambios" (…) "No seáis cobardes (…) no se queden mirando (la vida) desde el balcón, sin participar, entrad en ella, como hizo Jesús y construid un mundo mejor y más justo". Después les dijo que Cristo necesitaba discípulos disciplinados y dispuestos a llevar su evangelio al mundo y que no necesitaba de "aquellos que quieren vivir en la ilusión de una libertad que se deja arrastrar por la moda y las conveniencias del momento". Les dijo también que fueran "a contracorriente, contra esa cultura de lo provisional". Se refería, entre muchas cosas, a lo que llamamos matrimonios desechables. Los animó a que se interesaran por la política y los problemas sociales y que no se dejaran ganar por la apatía.
¿Cuál es, según el Papa Francisco, la motivación para no tener miedo y llevar el evangelio a cualquier ambiente? "Arrancar el mal y la violencia, demoler las barreras del egoísmo, la intolerancia y el odio y edificar un mundo nuevo".
A los sacerdotes les pidió acompañar a los jóvenes con generosidad y alegría para que nunca se sientan solos.
Pero, aunque era la Jornada Mundial de la Juventud, también fue claro con los obispos y les pidió que fueran pastores cercanos a la gente, sencillos y austeros, y no hombres que tengan sicología de príncipes. También les pidió "evangelizar las periferias, como padres, hermanos pacientes y misericordiosos, y hombres que amen la pobreza".
El Papa criticó la "ideologización" de la Iglesia y del mensaje evangélico en una alusión concreta a la llamada Teología de la Liberación, que surgió en América Latina después de finalizado el Concilio Vaticano II, ya en tiempos del Papa Pablo VI, y de la reunión en esta ciudad, Medellín, de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, CELAM, en agosto de 1968.
En el 68, un año lleno de acontecimientos que sacudieron al mundo, la Iglesia Católica habló de su opción por los pobres. Sin embargo, muchos de sus miembros combinaron esta opción con la ideología del marxismo, pregonada en el movimiento estudiantil que comenzó en París en el mes de mayo. De ahí que el Papa Francisco pida que la Iglesia no se ideologice.
Aunque la mayoría de los mensajes papales fueron dirigidos a los jóvenes, pueden y deben tocar el alma de todos los católicos, no importa su edad. Importa, sí, tener un espíritu joven. Sería bueno que los empresarios, los campesinos, los gobernantes, los periodistas, toda persona de buena voluntad, me corrijo, todo ser humano, en cualquier rincón del planeta, reflexionase sobre las palabras del Papa y se comprometiera a actuar desde el lugar en que la vida lo ha puesto. Así el mundo, una de las preocupaciones fundamentales de este Papa, podría llegar a ser el lugar amable y digno para todos, sin exclusiones. El lugar que soñamos.
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