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Un hasta nunca al matorral

13 de enero de 2009
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El diccionario Oxford tiene dos acepciones para la palabra 'bush'. La primera es 'arbusto o matorral'. La segunda, coloquial, es 'poco profesional'. ¿Habrá algo que agregar a estas fijaciones nominales del presidente del mundo que esta semana deja de serlo?

Los bombardeos infantiles del principal aliado en Oriente Medio han sido la despedida fulgurante de este mandatario montaraz, pendenciero, risible e iletrado. El estrépito financiero internacional es el marco de su cortejo del adiós.

En la postrera lánguida semana, sus cofrades de Occidente viajaron para ser condecorados con medallas de lata y de cuero. Entre ellos el obsecuente gobernante del país que es la esquina suramericana, nuestra nación Caín, la república de banano y de sustancias aspirables.

Los dos períodos continuos del deplorable presidente vaquero han sumido al planeta en una nube turbia de agresión y de mentira, de corrupción y de avaricia, de polución y desconfianza. Los hombres han descendido varios grados en la escala evolutiva durante los ocho años en que el orbe fue determinado por la maraña de un arbusto.

No hemos sido ajenos en nuestras coordenadas 4 Norte y 74 Oeste, a semejante degradación venida del norte. Fuertes corrientes deseosas de dinero y ávidas de poderío suministraron recursos, escuadrones, máquinas volantes y cascos mercenarios, para implantar un modelo, una redistribución de tierras, unos huesos hundidos en fosas campesinas, unas ganas de hablar y de vestir y de cabalgar cargados de tigre.

Por fortuna navegamos en la última semana desastrada. Vendrá el martes próximo otro aliento. El globo amanecerá dentro de ocho días con un horizonte negro, de una negrura keniana y hawaiana, indonesia y gringa. Un negrura de muchas razas y de todos los continentes, un color de mente segregada que ahora dejará ver el brillo de las estrellas que son negras, como lo intuyó hace sesenta años el novelista chocoano Arnoldo Palacios.

Hay que darle un hasta nunca a la manera de caminar que se marcha. Hay que desmenuzar sus ademanes turbios para jamás dejarlos retoñar. Hay que bienvenir el acento que asciende al trono universal y facilitarle su trabajo entre nosotros. Que los ogros entierren a los ogros, los de allá y los de acá. Que la humanidad grande y nuestra pequeña humanidad se recuperen de la inmarcesible noche.

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