Después de 20 años Carlos Alberto Agudelo regresó a Medellín para cambiar la historia de quienes están en la calle y que podrían caer en la delincuencia, de la que él mismo hizo parte en esa negra época en que los carteles de la droga enlutaban todos los rincones de la ciudad.
Agudelo se desmovilizó y decidió que parte de su proceso de reconciliación con la sociedad, tras dejar las armas, era ayudar a los más necesitados.
Así lo demostró este 30 de diciembre bajo el puente de San Juan, cuando junto con los colabores de la Fundación OBAT, entidad que lidera, quiso que los habitantes en situación de calle tuvieran un almuerzo navideño que menguara un poco la difícil realidad que enfrentan.
"La idea es censarlos y trabajar por el reencuentro con sus familias. Ojalá remitirlos lo antes posible a un programa de rehabilitación", indicó Agudelo.
Según este hombre, que cambió la violencia por el servicio a los demás, "todo el mundo hace sancochos en este tiempo, pues que ellos también puedan disfrutarlos".
Sin embargo, condiciona su labor a la cooperación de estas personas para que se comprometan a abandonar las calles. "Lo poquito que les traigo es con mucho cariño, pero ellos saben cuál es el objetivo. Que no es seguir alimentando el estilo de vida que tienen", explicó.
Uno de los que primero llegó para ayudar a montar la olla fue Francisco Javier, un guajiro, de 49 años de edad, quien se desempeñaba como arriero en su tierra natal y que desde hace 25 años habita las calles de Medellín.
"Yo trabajé en el Metro cuando comenzó en Niquía en 1985. Trabajaba con el montaje de las líneas eléctricas, hasta que el vicio me llevó a las calles", aseguró.
Para este habitante de la calle, lo más duro de esta situación es la soledad.
Dice haber abandonado La Guajira por el maltrato de sus hermanos. Y a pesar de que tiene tres hijas viviendo en la ciudad con las que asegura tener una buena relación no ha podido resocializarse.
"Ellas vienen a visitarmepara llevarme a sus casas, pero yo me acostumbré a la calle. Yo llego a la casa y en una hora me desespero por salir".
Otro de los que hizo parte de este particular almuerzo fue el patrullero de la policía Bayron Muñoz, quien manifestó conocer a todos los que se acercaron a recibir su plato de comida.
"A todos los he requisado", dijo mientras con un cucharón colaboraba con la repartición del alimento.
Muñoz está asignado a la zona, por lo cual ya conoce a muchos de los que deambulan el sector y prefiere jornadas como estas que las cuando le toca reprimirlos por no obrar correctamente .
Para muchos de los que acudieron al almuerzo, Medellín es una ciudad generosa con el indigente por lo que se da una contradicción y así lo reconoce Carlos Agudelo. "Si yo hubiera tenido en mi época todo lo que le brinda la ciudad al habitante de calle, creo que no habría soltado el costal".
Según Agudelo, Medellín no pudo con el problema del habitante de la calle y lo que hizo "fue que se unió".
"La ciudad es un hotel cinco estrellas con botones de lujo para el habitante de la calle", expresó.
No obstante, otros llegaron al almuerzo con la esperanza de que esta fuera su última comida en la calle, como Hernán Darío que a partir de este enero comenzará un proceso de rehabilitación, aunque su compadre Francisco Javier dice que es muy difícil porque ya él pasó por algunos procesos sin resultados.
Lo que queda claro es que estos hombres que se ganan la vida con la caridad de los demás, no olvidarán que en diciembre del 2009, una persona de buen corazón les alegró la Navidad y el fin de año.
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