Cuando el tren a Madrid abandonó la estación de Fernán Caballero dejó atrás los cuerpos de 13 misioneros Claretianos asesinados y uno más que, herido de muerte, agonizaría durante varias horas sobre los rieles.
En los vagones los pasajeros silenciosos sorteaban el horror de la masacre que fueron obligados a presenciar desde las ventanas. Sólo una mujer protestó y se negó a ver el espectáculo pero "los rojos" la hicieron cambiar de idea a punta de culatazos.
Aquel 28 de julio de 1936, España -en plena Guerra Civil- se hallaba dividida entre Nacionales y Republicanos. En las calles luchaban falangistas contra milicias socialistas, comunistas y anarquistas. Las historias de persecuciones y ajusticiamientos en plaza pública se servían en las mesas de los españoles en lugar de la comida, que escaseaba, y exacerbaban el miedo de un país sumido en la desgracia de ver a sus hijos enfrentados.
En la Zona Republicana los católicos -laicos y religiosos- sabían que sus vidas no valían un céntimo. Por eso se escondían, huían disfrazados o se resignaban a morir por su fe. Durante el periodo conocido como la II República (1931 - 1939) más de siete mil sacerdotes perdieron la vida.
Entre tantas víctimas los catorce seminaristas del expreso Badajoz-Madrid pudieron ser nada más que otra historia sin final feliz. Pero las circunstancias de su muerte relatadas desde el exilio por un periodista portugués que viajaba en el tren, los convirtieron en mártires.
Días atrás los jóvenes y sus superiores fueron apresados por los milicianos que transformaron en cárcel la casa de la comunidad Claretiana en Ciudad Real.
Durante varias jornadas los cautivos rezaron por un milagro y este pareció llegar en forma de salvoconductos que llevarían a algunos de ellos a Madrid sin contratiempos. Con esa promesa y custodiados por los milicianos abordaron el tren esperanzados, sin saber que ya estaban condenados a muerte. Entre ellos iba Jesús Aníbal Gómez Gómez, un estudiante de Teología nacido en las montañas de Tarso, Antioquia.
De mártires a Beatos
La parroquia de los Claretianos en Sevilla es una entre las cientos de iglesias y capillas que guardan las calles de la muy católica y religiosa capital andaluza. Sencilla y pequeña, conserva en el ala izquierda la loza de mármol que sirve como lápida al sepulcro de los mártires de Fernán Caballero, como se les conoce a los 14 misioneros muertos 77 años atrás.
Entre los nombres tallados en la piedra está el del estudiante de Tarso. Su imagen -que parece la de un adolescente bueno en actitud de oración- quedó plasmada en una pintura que los recrea a todos al amparo de la Virgen por la que entregaron la vida sin apenas vivirla.
"Eran muchachos, estudiantes entre los 20 y los 26 años que pese a ser tan jóvenes alcanzaron a dar un gran testimonio de fe", dice el padre Manuel María Carrasco, uno de los autores del libro Mártires por la Fe. Maestros en fidelidad, que relata las historias de los Claretianos asesinados en Sigüenza y Fernán Caballero.
El mártir -que no es una víctima cualquiera- se enfrenta a la muerte pregonando su credo y casi feliz por exhalar el último aliento aferrado a sus convicciones. Esto hicieron los seminaristas en la estación del tren.
"Cuando los bajaron ya sabían que llegaba su hora final y fueron cayendo uno a uno con los disparos, gritando vivas a Cristo Rey y al Corazón de María", explica el padre Manuel. "No se salvó ninguno -continúa- ni siquiera el muchacho colombiano que pensaron que podía salvarse por ser extranjero".
"Cura, a mucha honra"
El muchacho colombiano era el menor de una familia que dio al mundo 14 hijos y cuyos padres se contaban entre los fundadores de Tarso. Desde sus inicios, el pueblo se entregó a una espiritualidad guiada por los misioneros Claretianos a los que el niño decidió seguir cuando apenas tenía diez años.
Su vocación religiosa lo alejó de casa para siempre. El Seminario Menor en Bosa, Cundinamarca fue la primera estación. Años después los Superiores decidieron enviar a España un grupo de 25 estudiantes para continuar su formación y Jesús Aníbal fue uno de los elegidos.
Durante los días previos a su muerte cuando un miliciano indagó por su país de origen y le preguntó con sorna si había venido desde tan lejos sólo para hacerse cura, le respondió, "sí, señor. Y a mucha honra".
Los asiduos de la parroquia San Antonio María Claret, de Sevilla, tienen un pedazo de la historia en casa. Uno que se puede tocar como hace ahora el anciano que se acerca al sepulcro. "A estos los van a canonizar muy pronto", advierte mientras recorre la piedra con sus dedos.
Tampoco será fácil que Jesús Aníbal Gómez vuelva a casa. Aunque el proceso de repatriación de sus restos ya está en marcha pasarán un par de años hasta que puedan descansar entre los paisajes sublimes del suroeste antioqueño.
Por lo pronto el misionero permanece en Sevilla junto a sus hermanos de martirio. Su paso fugaz por el mundo es -además de un testimonio de fe y fortaleza- el recuerdo de un momento histórico doloroso y, particularmente, de una jornada sangrienta que un periodista narró con palabras trémulas para el Diario de Lisboa.
"Yo no sé bien lo que pasó. Una bruma sangrienta nubla mi cerebro cuando quiero referir este episodio (…) En el suelo yacía un montón de cadáveres. El tren partió, pero mis ojos permanecieron fijos allí durante mucho tiempo".
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