La pelea casi a diario, a punta de trinos, entre el expresidente Uribe y el presidente Santos, con la cauda de áulicos, correveidiles, curiosos y metidos, que con o sin invitación ensayan lances a favor del uno o del otro, enrarecieron el ambiente electoral, antes, durante y después de las votaciones pasadas. Y dejan entrever lo que va a ser la campaña para las presidenciales.
Asocio los trinos políticos que se han hecho tan frecuentes entre nuestros dirigentes a esas peleas a cuchillo de las barriadas o a las que a machete y peinilla se protagonizan en nuestros campos y veredas.
Cuando menos se pensaba, en medio de la fiesta y el jolgorio, o interrumpiendo las conversaciones en voz baja en las cantinas, al amparo de una cerveza o una botella de aguardiente, alguien con alcohol en la cabeza o enardecido por una discusión en curso, rastrillaba la peinilla contra el empedrado y en cuestión de minutos se enzarzaba la refriega. Al cabo, tras los gritos y las enfurecidas palabras, quedaban un reguero de sangre, los llantos y los sollozos, los apuros para socorrer a los heridos. Y hacia el futuro, los odios y rencores, las venganzas y el cobro de cuentas que acompañan el comportamiento pendenciero y que no perdona de nuestro pueblo.
Porque eso somos: un pueblo pendenciero, en general en todo, pero sobre todo en el ámbito político. La nuestra es una democracia camorrera. Lo es, lo ha sido siempre y lo seguirá siendo. Y que aunque se vista de seda, mona se queda. Porque el avance en la tecnología de las comunicaciones no solo no exime de las obligaciones éticas que siempre el hablar en público exige, sino que implica un mayor cuidado (más tino que trino) a la hora de usar las palabras o emitir calificaciones que pueden ser ofensivas, o lanzar insultos sin ningún reato.
Y una democracia camorrera, que en el pasado (y aún hoy) crecía al fervor de candidatos que en las plazas públicas se arrobaban con el tono altisonante de sus discursos veintejulieros, ha venido a caer en esta oratoria solapada de reyerta que son los trinos. Que ya, francamente, ha ido pasando de castaño a oscuro. La misma brevedad de texto que exigen los trinos los hacen más pugnaces, más herideros, más cuchilleros, originados más por la rabia o la pasión, que por el sesudo medir de las palabras que implica la política, sobre todo en los líderes. Pues esas acusaciones, insultos o revelaciones de actos privados, por más que se digan en la voz baja de la tecnología y el computador, acaban siendo gritados a voz en cuello. Con la aleve cuchillada de un trino.
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