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SOBRE LA SENCILLEZ

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24 de mayo de 2013
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Estación Punto, que puede ser de partida, inicio o de encuentro (esta última es común en Suiza y Alemania: die Treffenpunkt). El punto es el inicio del arriba y el abajo, de la derecha y la izquierda, del objeto y el espacio, de lo mínimo y lo máximo, del saber dónde estamos y qué dirección tomar. Y en la filosofía del shinto (japonesa) está representado por el Haikú, que es lo más complejo expresado en la simpleza (que es el origen del mundo) y así explica y simboliza una magnitud mayor en una menor. Y es que si se carece de sentimiento, que es el origen de la percepción, los sentidos quedan ciegos. El Haikú, ese poema de lo simple, es entonces la concepción de lo maravilloso y, pensando en Haikú (esa expresión que crece y se minimiza) el hombre es rico con lo que le dan los ojos, el corazón y la escritura. Por esto se ha dicho que es el origen del Zen, de la multiplicidad de la mirada sobre un mismo objeto, que es la educación real.

Una de las características del tercer mundo es que todo se reduce a lo general, amontonando y revolviendo, en una sopa que lo mezcla todo. Y en este caos, nadie ve nada porque ante cualquier hecho aparece el número mil (que en árabe es mucho, de aquí que sean las muchas noches y una noche) y la atención se dispersa y nada es sino que parece. Nos falta el Haikú, que ya algunos poetas (para gloria de la ciudad de Delfos) han comenzado a practicar. Creo que el primero fue don Octavio Paz que, en su trabajo de embajada (como Lawrence Durrell), aprovechó el tiempo entrando en la cultura de los otros para entenderla y no inventarla, para tomar de lo nuevo lo que le da valor a lo viejo. Y para humanizarse, que es el trabajo del hombre sobre la tierra.

Por estos días he leído un hermoso libro de Haikús, escrito por el poeta Tarsicio Valencia. Un libro pequeñito, de esos para llevar en el bolsillo (como le gustaban a Fernando González ), titulado Libéllula y Farfalla (libélula y mariposa en italiano). Y del que solo publicó cien. Aplicando la guenatría (reducir un número a su mínima expresión para que sea un sonido y el origen de una palabra), cien es uno, es decir, un Haikú. Y ahí se da el inicio a la belleza: En el hato/la vaca olisquea el cardo en flor/leche blanca en el verano. La farfalla vuela/la yegua de la pesadilla/se ha ido. En el campo de trigales/los cuervos vuelan/va la sombra bajo el sol. Y así los pequeños poemas de Tarsicio indican que hay vida y que los búhos aún son sabios porque saben callar.

Acotación: Tarsicio Valencia es profesor en la Universidad Pontificia Bolivariana. Y es famoso porque dicta sus clases con los ojos cerrados: habla de lo que ve, de las formas que se crean, de la memoria que se crece y de los ríos de la infancia, que son los que permiten que naveguemos o no. Y fuma y ríe.

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