En el principio fue la curiosidad: de repente, la periodista y escritora Leila Guerriero descubrió en un diario que en la Pampa argentina se lleva a cabo un campeonato nacional de baile.
Cualquier reportero promedio solo habría visto en esa breve nota de prensa el registro de un evento cultural más o menos secundario. Pero Leila vio lo que todavía no había visto, es decir, la promesa de una historia distinta y llena de conflictos.
En el principio fue la curiosidad, digo, y después la intuición. Entonces Leila se dejó guiar por el olfato hasta Laborde, el pueblo de la provincia de Córdoba en el cual se realiza el concurso. Lo que vio al comienzo fue lo mismo que hubiera visto cualquiera a primera vista: una competencia de baile tradicional que dura seis días.
Ya desde el primer vistazo Leila notó con su ojo perspicaz algunas características que le impresionaron: la competencia, que ella define como "folclor sin remix", es purista: "un festival que no tiene la guitarra enchufada".
Hasta aquí, nada del otro mundo. Podríamos estar hablando de cualquier festival en cualquier rincón apartado de cualquier país de Latinoamérica.
Si en el principio fue la curiosidad y después la intuición y luego el viaje a remolque del olfato, en este punto fue la paciencia. Leila se quedó allí, siguió buscando, así que vio un poco más: la competencia de baile que había llamado su atención es "prestigiosa y temible", y además "requiere de un entrenamiento feroz".
Prestigiosa porque el campeón se convierte para siempre en un personaje de culto. Temible porque cada concursante (el malambo es una danza exclusivamente para hombres) es un híbrido de bailarín con atleta de alta competencia. Necesita dotes artísticas y mucha resistencia para aguantar, en cada presentación, cinco minutos de zapateo intenso.
Por un acuerdo que no está escrito en ninguna parte pero que es sagrado, el campeón no vuelve a competir ni en ese ni en ningún otro festival. De modo que si en el principio fue la curiosidad, aquí lo fue otra vez: Leila necesitaba, según sus propias palabras, "entender por qué esa gente quería hacer tamaña cosa: alzarse para sucumbir".
Leila se queda en Laborde. Merodea, observa, pregunta. Entonces ve a unos bailarines que, al zapatear en los ensayos, "golpean el piso como si quisieran arrancarle una confesión". El lector piensa que se trata de eso, justamente: danzar para oírle la voz al piso, es decir, a la tierra, es decir, a la patria, es decir, a los ancestros.
Primero la curiosidad, después la intuición. Siempre la intuición y siempre la curiosidad. Leila se siente atraída por Rodolfo González Alcántara, uno de los participantes. Lo sigue, lo acompaña, lo escucha. Va con él a su barrio de pobres, llamado "Mataderos". Oye a su familia. Eran tan menesterosos –cuenta la madre– que no tenían nevera, y para conservar los alimentos abrían un hueco en la tierra y lo recubrían con lonas mojadas.
Rodolfo gana. Se jubila. Como a todos los campeones, la vida le cambia para siempre, pues en lo sucesivo podrá preparar a los nuevos bailarines que aspiren a concursar en Laborde, y cobrar 100 dólares por hora de clase.
Leila lo ve bailar el último malambo de su vida. Eso quiere decir, ni más ni menos, que es testigo de su transformación. La transformación de un hombre.
Voz superior de la generación de cronistas latinoamericanos, Leila Guerriero nos entrega un relato acerado, conmovedor, inolvidable. Una obra maestra.
Al cerrar la última página de este libro publicado por Anagrama con el título de "Una historia sencilla", concluimos que si en el principio fue la curiosidad, al final también lo fue, y después de eso lo seguirá siendo. Siempre la curiosidad, siempre la intuición, siempre la lectura paciente de la realidad para ver qué hay más allá de su fachada.
Siempre Leila.
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