Frente al asesinato de los jóvenes cantantes y compositores Marcelo Pimienta Sánchez y Andrés Felipe Medina Palacios, ambos líderes artísticos y culturales de la comuna 13 de Medellín, hay que preguntarse con urgencia ¿quién les disparó y por qué? Y se debe advertir la importancia de que las autoridades protejan a sus pares, a otros muchachos que en los barrios populares de la ciudad luchan, sin armas, por robarles vidas a la violencia y a la muerte, al crimen organizado y a las guerras urbanas.
Aunque Medellín desarrolla un proceso de cambio cultural lento y seguro, reflejado en una promoción social y deportiva sin antecedentes, son muy sensibles aún los coletazos del monstruo de la ilegalidad y de sus células tan activas: los combos delincuenciales y las redes mafiosas y criminales.
Expuestos a ser alcanzados por los embates de aquel engendro dañino que se resiste a desaparecer, se encuentran los promotores y los agentes que estimulan entre niños y adolescentes de las barriadas una mentalidad de convivencia pacífica, de no a las drogas y de rechazo a las armas. Son ellos quienes se encargan de mostrarles a las nuevas generaciones que es posible protestar, sobrevivir y avanzar socialmente sin necesidad de aniquilar la vida de otros, de birlar los bienes ajenos o de violar las leyes y las normas estatales y privadas que nos mantienen cohesionados como ciudad, como región y como nación.
El asesinato de Marcelo y de Andrés, en menos de dos meses, constituye una dolorosa y preocupante alerta para que se activen planes de protección y de estímulo a la labor de cientos de jóvenes que en las comunas más pobres de Medellín trabajan sin descanso, y muchas veces con las uñas, para impedir la expansión de esa otra cultura de muerte y crimen que arrastramos hace un par de décadas y de la que todos estamos cansados. Un influjo perverso de pequeños y desdeñables capos que quieren mantener su statu quo a costa del terror y de la intimidación de las comunidades o a fuerza de instrumentalizar a sus jóvenes para delinquir en función de fortunas turbias y corruptoras.
El rap, el hip hop, los cantos afrourbanos a los que Marcelo y Andrés les entregaban sus energías creativas describen una sociedad -la del Medellín actual- en crisis, en transformación. Es la crisis de las contradicciones que trae consigo desactivar el influjo desastroso de las bandas del narcotráfico, de las milicias populares, de los comandos paramilitares y de los combos barriales instalados como "modelo de vida", de protagonismo social y de "oportunidad laboral" en las laderas más pobres. Grupos delincuenciales que, al tiempo, están integrados por los mismos muchachos a los que Marcelo y Andrés querían llevarles el mensaje de sus canciones y que están separados de la legalidad por una línea gris, invisible, que un día pone sus vidas al servicio de causas y manifestaciones plausibles de cultura y de trabajo social y que, al día siguiente, los fila del lado de la violencia.
Estas dos muertes nos dan una lección: no bajemos la guardia en la tarea de reforzar las ideas de esos líderes positivos, capaces de desatar novedosos y vitales procesos culturales. No los dejemos solos. Pero, definitivamente, como sociedad, enfrentemos con el valor necesario la contención y el rechazo de quienes no quieren estar del lado de la vida y de la reconstrucción pacífica de Medellín. Esa que soñamos y creemos posible. La de Marcelo y Andrés.
Pico y Placa Medellín
viernes
7 y 9
7 y 9