Rápida y contundente resultó la respuesta que los distintos representantes del sector privado dieron a la destituida senadora Piedad Esneda Córdoba y a su colectivo Colombianos y Colombianas por la Paz , rechazando la absurda propuesta de asumir ellos, los costes de la maniobra de liberación de los seis militares que las Farc (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Criminales y Comerciantes de Coca), desde finales del año pasado, prometieron que serían liberados.
Los empresarios, al igual que la gran mayoría de colombianos comunes y corrientes, esos que no pertenecemos a ningún colectivo en particular y, sin embargo, nos sentimos verdaderos colombianos por la paz, estamos de acuerdo con que el asunto de las liberaciones debe ser manejado, exclusivamente, por el Gobierno y las Fuerzas Militares, con la colaboración, si así lo disponen, del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).
Ellos, como bien lo expresaron el presidente Juan Manuel Santos y el ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón, son los llamados a desempeñar este oficio y quienes cuentan no solamente con la mejor disposición para traer de vuelta a casa a estas personas, sino también con todas las herramientas que se requieren para un operativo de esa naturaleza.
Hay que evitar, entonces, que los narcoterroristas, ayudados por esos exóticos colectivos que les sirven de voceros e intermediarios, sigan montando esos grotescos espectáculos mediáticos en los que, por obra y gracia de la capacidad que tienen para manipular y deformar los hechos, acaban escribiendo el macabro libreto de las liberaciones y apropiándose de los papeles de bienhechores y de redentores.
No, no podemos permitir que estos delincuentes nos enreden de nuevo. Dejar en libertad a unos pobres seres humanos que han mantenido secuestrados por más de una década y en condiciones infrahumanas, no es un acto de buena voluntad y, menos todavía, una muestra de humanitarismo.
Permitir que esas personas vuelvan a la vida, a la libertad a la que tienen derecho, no es un acto de benevolencia y nadie, ni el país ni sus familiares, tenemos por qué agradecerles nada.
¿Qué de humanitario puede haber en abrir las puertas de unos campos de concentración, en liberar de cadenas a unos humillados seres humanos a quienes ellos mismos cazaron como animales, despojaron de su dignidad y redujeron a simple mercancía con la cual hacer canjes, conseguir dinero o bien, para buscar beneficios políticos?
¿Hay alguna manifestación de bondad al anunciar con varios meses de antelación, los nombres de los posibles liberados, a sabiendas de que las entregas siempre son estratégicamente dilatadas?
¿Dónde está el altruismo al entregar seres humanos como cuota inicial o como abono de una eventual negociación?
No señores, aquí no hay nada qué retribuir y no hay a quién corresponder. Por el contrario, cada día tenemos más y más razones para reprocharles eternamente, todo el daño que nos han hecho.
Y aunque ahora en vez de presos políticos o retenidos, los llamen "héroes de la patria", la respuesta será la misma: Piedad, no.
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P. S.: Al mejor estilo parroquial, aprovecho este espacio para informar a quienes se interesan por mis escritos que, a partir de la semana entrante, me podrán encontrar en las páginas dominicales.
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