El papel de los medios de comunicación es muy paradójico. Si por alguna razón éstos no atienden ciertas cosas, es posible que las personas no las dimensionen y por lo mismo ignoren a los damnificados; además, los responsables pueden hacerse los de la vista gorda porque no hay presión de ningún tipo. Ahora, si los medios deciden prestarle atención a un hecho, casi siempre se van hasta el extremo, pasan de ser una ayuda, un servicio a ser molestos, repetitivos, impertinentes.
En Chile, con el rescate de los 33 mineros, se demostró tal paradoja y apenas la tierra estaba "pariendo" de nuevo a sus hijos, las voces de los damnificados del terremoto del 27 de febrero (sí, en Chile tembló pero tal espectáculo ya no está en cartelera) no se hicieron esperar y antes de que se fueran los dos mil periodistas de todo el mundo alzaron su voz y parodiando la frase que ahora es clave en cualquier protesta dijeron: "Estamos vivos los 220, pero sin refugio". Ellos saben que si los medios de comunicación no están encima, no iluminan con sus antenas satelitales, los responsables bajan la guardia, se toman las cosas con más calma.
También lo saben los otros mineros de San José, los que pudieron salir a tiempo cuando la mina colapsó y ahora, como no son parte del show, tuvieron que gritar "colados" ante las últimas cámaras de televisión que cubrían la misa de acción de gracias por el rescate de los mineros que: "No somos 33, somos 300, estamos atrapados en la superficie". Muchos de ellos hubieran preferido estar adentro.
Pero así como un circo no le roba un minuto a la exhibición de los enanos payasos, a los medios tampoco les interesa mucho lo que no estimula el espectáculo: el vilo ante la espera, los rumores, el suspenso, la lágrima, el aterrizaje del hombre en la tierra. Es entonces cuando es necesario entender que los cinco minutos de fama también pasan, que el telón cae y cada quien que se las arregle como pueda.
El asunto es que como todo show es momentáneo y emocional, las cosas de fondo poco o nada importan y el espectador se queda feliz ante el "milagro", ante la proeza, pero del problema real de los mineros en el mundo no sabe nada, si mucho piensa, que después de semejante rescate, podría arreglarse con una varita mágica.
Ahora que los 33 mineros hablan de "silencio" ante el asedio de los medios que todavía les cobran su acompañamiento, ahora que quieren escribir un libro sobre el mejor espectáculo de todos: lo que pasó adentro, lo que nadie sabe, "el novelón", yo me pregunto qué pasaría si unos mineros cualesquiera, los mismos 33 si se quiere pero sin haber estado en el "útero de la tierra", decidieran escribir sobre su vida como mineros, sobre el día a día en su trabajo, sobre los abusos que padecen, sobre los riesgos que corren. Estoy seguro que no venderían un solo ejemplar porque la vida diaria sin finales felices, sin intimidades de por medio, sin ese grado de espectáculo y banalización que tanto gusta es aburrida. Así creamos saber mucho de miserias, en verdad, no nos hemos podido reconocer en la soledad de la realidad. Ésta, casi nunca, es noticia.
Pico y Placa Medellín
viernes
7 y 9
7 y 9