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Coldplay: ¡qué lucida, parcero!

  • Ni el caos vehicular enfrió el concierto de la banda Coldplay | John Vizcaino, Reuters-Bogotá | El guitarrista Jonny Buckland y el cantante Chris Martin de Coldplay se gozaron el show en Bogotá, que tuvo lugar anoche en el parque Simón Bolívar.
    Ni el caos vehicular enfrió el concierto de la banda Coldplay | John Vizcaino, Reuters-Bogotá | El guitarrista Jonny Buckland y el cantante Chris Martin de Coldplay se gozaron el show en Bogotá, que tuvo lugar anoche en el parque Simón Bolívar.
04 de marzo de 2010
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La noche del jueves, el Parque Simón Bolívar de la capital, con aforo total, fue escenario del que, tal vez, es el concierto masivo de rock-pop más importante que se ha presentado en Colombia: el Viva la Vida Tour, de Coldplay.






Un concierto como este, masivo, con asistentes de todos los rangos de edad, obedece a dos razones: uno, en diciembre de 2003, los lectores de la revista Rolling Stone eligieron a Coldplay como el mejor artista y la mejor banda del año; y dos, en los sonidos de este cuarteto británico, creado en 1997, se resume todo el rock de los ochenta.






Mientras se grita, se baila y se escucha a Coldplay, el alma divaga entre Radiohead, U2, Travis… pero también The Cure y When in Rome. El cuarto álbum de estudio de la banda, Viva la Vida or Death and All His Friends (2008) fue producido por Brian Eno (uno de los genios detrás de U2), conocido como el Midas de la producción musical rockera.






Las letras de Coldplay, cuya poética no puede ser comparada con otras bandas de su especie, reconcilian, y nos devuelven al espíritu más puro de la especie depredadora a la que pertenecemos…






¡Viva la vida!
Un paro de trasportadores puede detener el cuerpo de una ciudad: pero no su alma.

Desde horas de la mañana, y a pesar de que el concierto había sido adelantado para las 6 p.m., al Simón Bolívar le nacieron tentáculos: interminables filas humanas que se extendían hacia las afueras del parque, en espera de una buena localidad para ver a Chris Martin y sus compañeros.

Sentada en un mínimo retazo de manga, esperé mi turno desde pasado el medio día… “lleve la capa plástica que va a llover”, “Viva la vida sin hambre, sánduches a mil”, fotos, botones, CDs, afiches y camisetas: un ventorillo. Pasa un joven, con una bolsa de basura inmensa: “No pueden entrar correas y hebillas. Yo se las guardo hasta después del concierto” (¡lo increíble es que, para cuando logré entrar al parque, la bolsa estaba atiborrada de cinturones!).






“¿Usted sabe por qué estamos teniendo tan buenos conciertos en Colombia? Gracias a Chávez. Los empresarios venezolanos nos están trayendo los artistas que antes pasaban por Caracas. Chávez se tiró en Venezuela y nos regaló la Chamo-Cocosette events para ver todo lo mejor!”, especulaba mi vecino de espera.






La fila Platino que, como es obvio, tenía a los mayores del concierto, se caracterizó por su civismo. Si bien algunos, volados de la oficina, llegaron temprano a cuidar puesto, advertían de manera respetuosa: espero a tres, cuatro personas. En estas filas no hubo disturbios ni coladas “masivas”, la policía montada patrulló permanentemente los alrededores del parque, cuya malla estaba cubierta por costales. El público capitalino sabe ver grandes conciertos, como en cualquier ciudad cosmopolita.






El ingreso se dio antes de las cuatro de la tarde, tras pasar las requisas, una marea humana se abalanzó sobre sus tribunas. No cabía un arroz. Es lo que pasa cuando una banda tiene buena música y, con ella, espíritu: Coldplay apoya abiertamente a Amnistía Internacional, y ha rechazado contratos multimillonarios de Gatorade, Diet Coke y Gap, que pidieron usar a Yellow, Trouble y Don't Panic en sus campañas. “No podríamos vivir con nosotros mismos si vendiéramos los significados de las canciones de ese modo", declaró alguna vez Martin.

Llegué a mi trono de platino, con otros miles de monarcas buscando derrocarme.

Desde los once años voy a conciertos abiertos de gran asistencia, cuando mi padre me acompañaba, encorbatado, y se sentaba a mi lado, estoico, mientras yo gritaba como loca a la estrella de turno. Pero el jueves fue diferente: Coldplay es una banda de culto. Tenía el corazón a mil. Me costaba reconocer si estaba preparada para estar tan, tan cerca de Martin, Champion, Buckland y el divino Berryman.






El grupo antioqueño de tecno Estados Alterados abrió el telón con su nuevo trabajo Romances Científicos, y cantaron temas ya conocidos como Muévete.

Pero llegó una segunda telonera, Bat for lashes, la banda británica que ha hecho todo el tour con Coldplay en Latinoamérica. Su cantante, Natasha Khan, tiene una hermosa voz, no obstante, la presentación fue poco original (a veces parecía imitar, sin recato, a la irlandesa Sinnead O’Connor) y exageradamente larga (más de 45 minutos).






Desafortunadamente, en la primera fracción del concierto, el sonido de los bajos fue completamente distorsionado y, en el caso del grupo tecno, el micrófono del baterista, Ricardo Restrepo, estaba casi cerrado, su voz quedó imperceptible.
Estábamos como cigarrillos en cajetilla. Locos por ver a Coldplay. Se desmayan una y dos niñas, y las sacan sus acompañantes entre brazos, pues logística no apareció, a pesar del masivo grito: “¡Camilla, camilla!”
Había que calmar los ánimos.

Tras la eterna introducción, comenzó a sonar el Danubio Azul, de Johann Strauss, al ritmo del cual bailó el público ilusionado. Con la banda inglesa llegó un fresco rocío de lluvia, que logró mitigar el calor de la multitud apiñada.

Cayó el backing, con una imagen épica, La libertad guiando al pueblo, de Eugene Delacroix (carátula del CD Viva la Vida). Miles de celulares se alzaron, nos reventamos la garganta. No era alucinación, ahí estaban: Chris Martin (vocalista y teclados), Guy Berryman (bajista escocés); Jonny Buckland (guitarrista) y Will Champion (batería).

“Buenas noches, parceros!”, gritó Martin, luciendo su reconocida chaqueta marcial.






A rush of blood to the head
Coldplay es una banda cuya música no cambia radicalmente en escena. No desafinan y conservan el espíritu de sus temas, pero tienen algo claro (un dicho muy inglés: “Devil is in the detail” (el demonio está en el detalle).






Cada segundo del concierto tiene un efecto emotivo, que acompaña la música: Cuando interpretaron Yellow, canción consentida del grupo, que los lanzó a la fama en el año 2000; cayeron decenas de gigantes balones amarillos, con los que todos jugamos y cantamos: “Look at the stars / Look how they shine for you / And everything you do / Yeah they were all yellow”. Martin volteó el micrófono hacia la tribuna: miles de solistas del Simón Bolívar nos robamos su canción.

El vocalista se cubrió con una bandera de Colombia y, cuando cantó Politik, hizo una breve variación en la letra, para aludir a la situación de nuestro país: “Give heart and give me soul, wounds that heal and cracks the fix. Tell me your own Politik Colombia!”






En su piano vertical, mientras interpretaba Postcards from faraway, Martin se perdió. ¡Si! y, como en cualquier ensayo casero gritó: “¡Fuck!”. Se disculpó con la audiencia. Y volvió a empezar. La dimensión humana del artista, su informalidad para asumir el error, dejó una marca en la noche: la intimidad.

Pero hubo dos momentos que llevaron –en mi caso, por lo menos- la corriente de sangre a la cabeza (A rush of blood to the head): como si estuviera solo en el mundo, Martin interpretó un fragmento de una obra de Satie. Las pantallas gigantes registraron su tierna manera de acariciar el piano, el sudor que le caía sobre las teclas. Y los susurros, de beso, al instrumento.






… Entonces llegó Lovers in Japan, con una interpretación –inolvidable- que superó todas las expectativas, bajo un chaparrón sin fin de mariposas de colores en papel globo y platinado, Martin corrió, como cometa suelta, con un parasol japonés de color naranja, por la totalidad del escenario en forma de U.

Lo más hermoso que he presenciado, hasta ahora, en un concierto.






Am I part of the cure
Or a part of the desease

Como en un video colectivo de Clocks, estábamos enfermos. Y Colplay nos curaba: mientras sonaba la canción I’m singing in the rain, el grupo se ubicó en una plataforma cercana a Preferencia.






En una interpretación salida de su repertorio habitual, Martin tocó la armónica, Champion cantó y guitarrió, con Buckland; y el hermoso bajista escocés, con el ukelele.






Todos bailábamos la tonada, tradicional e ingenua, y las pantallas laterales registraban el fragmento del concierto, con un espectador recostado en la banda de contención: detrás de los músicos, con el ceño fruncido y “la mano en el considere”: el expresidente César Gaviria Trujillo.

Los momentos más cálidos con Colplay: el público cantó al unísono “When you try your best but you don't succeed / When you get what you want but not what you need / When you feel so tired but you can't sleep / Stuck in reverse”.

Fix you, es la canción en que Martin se entrega a sus carrerones locos en el escenario y su característica danza de cometa con los brazos abiertos. Y, memorable, por supuesto, Viva la vida: imposible no enloquecer.

Coldplay presentó su nuevo tema Don Quixote, y el público le cantó el cumpleaños 33 a Chris Martin, que nos ganó con su carisma, uno que otro “bacanow”, “cheverere” y muchos “parceros”. Hizo lo mejor que pudo con su español.

“¡Adiós, parceros!”, gritó el vocalista antes de regalar dos canciones: The Scientist y Life in Technicolor 2, con juegos pirotécnicos detrás del escenario.

No cantaron Green Eyes, mi canción favorita. Nadie, ni Chris Martin, es perfecto (pero casi, casi).

Nunca supe qué pasó con el de las correas y hebillas.

Jamás he ido a un concierto de U2, banda que ha acompañado toda mi vida útil -e inútil-. Hasta el jueves creí no estar preparada: temía ver venir la muerte ante la presencia de Bono. Pero he sobrevivido a la presencia arrasadora, increíble, avasallante, de Chris Martin.
Estoy lista para U2 y Colombia también. La jugada de Coldplay nos dejó en caliente: ojalá los empresarios no nos defrauden.

Después de caminar y buscar un taxi por más de una hora, le pregunto a uno de mis acompañantes: “Fede, ¿tienes hambre?”. Y me responde: “No, Anita, Coldplay, me dejó saciado”.

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