Por más de dos décadas Nepal, un país empobrecido pero rico en recursos, atascado entre China y la India, se ha balanceado entre la parálisis y la agitación. Su gente ha sido testigo de la transición, en 1990, de un reino autoritario indio a una monarquía constitucional; la masacre de miembros de la familia real en el 2001 por parte del heredero al trono; una guerra civil de una década entre insurgentes maoístas y el gobierno que terminó en un acuerdo de paz tímido en 2006 y la abolición de la monarquía en 2008.
Desde que terminó la guerra, luego de la pérdida de más de 16.000 vidas, ha seguido un impasse a medida que cada partido le sirve a casta, clase y divisiones étnicas en lugar de la unidad nacional. Muchos políticos están manipulando para quedarse con fondos provenientes de la asistencia extranjera, el turismo y la energía hidráulica; hasta los maoístas se han convertido en capitalistas, colectando grandes ganancias para ellos mismos y su partido ostensiblemente proletario. Mientras tanto, la burocracia, el ejército y la policía, históricamente dominados por grupos privilegiados sociales que nunca los responsabilizaron de nada, cada vez están más politizados y corruptos.
Aunque Nepal no desconoce las crisis, la que actualmente se está tomando al país corre el riesgo de convertirlo en un Estado fracasado. El 27 de mayo, la legislatura de 601 miembros, a la cual se le había dado la tarea de escribir una nueva Constitución para lo que ahora es una república democrática, no cumplió con el plazo por cuarta vez desde que se creó en el 2008. Horas antes de cumplirse el plazo, después de que la Corte Suprema se negó a darles otra extensión, el Primer Ministro maoísta, Baburam Bhattarai , disolvió la legislatura, conocida como la Asamblea Constituyente, y programó elecciones nacionales para el 22 de noviembre. Aunque le hizo el quite a un inminente desastre político y a la violencia, es poco probable que la llamada a elecciones traiga el consenso entre los autointeresados y cascarrabias líderes políticos, y es probable que produzca una legislatura aun más dividida.
Esta lucha irregular por desarrollar una Constitución personifica y a la vez agrava las divisiones étnicas, religiosas, geográficas, de casta y de clase. Más de 90 idiomas se hablan en un país que es más o menos del tamaño del estado de Illinois. Los budistas y los musulmanes son minorías considerables entre la población que en gran parte es india. Históricamente, las personas de baja casta y los residentes rurales han sido marginados; los resentimientos son profundos.
Al hacer promesas que no pueden cumplir, los políticos están perdiendo el control de las animosidades que ellos mismos han creado. Los partidos políticos han organizado protestas paralizantes, con barricadas y bloqueo de calles, para demandar u oponer estados separados por etnia y casta dentro de un sistema federal. Las protestas han paralizado la actividad comercial por todo el país: con un PIB de US$ 490, Nepal es uno de los países más pobres del mundo; el desempleo está en 45 por ciento.
Los partidos están utilizando a los grupos criminales para reclutar a los jóvenes para sus protestas. Seducidos por un puñado de rupias, una poco usual comida de carne y la ilusión del poder, estos jóvenes le han dado palizas a conductores e incendiado buses tratando de cruzar las barreras. Temiendo la pérdida de poder, la economía tradicional y la elite política, las castas Brahmán y Chhetri que dominan el partido del Congreso nepalí, han empezado a emular las tácticas callejeras de los maoístas. Pocos nepalís esperan que la situación actual explote y se convierta en otra guerra civil, pero actos de violencia cada vez más descarados y frecuentes en la capital demuestran que la anarquía ha alcanzado proporciones de crisis.
Nepal también necesita un sistema judicial más fuerte, seleccionado con base en el mérito; entrenamiento riguroso para procuradores y jueces; una fuerza policial que recupere la confianza de los ciudadanos ordinarios, en particular en las comunidades rurales, donde la ley poco se hace cumplir.
La comunidad global puede demostrar su preocupación amenazando con retener ayudas, que representan el 3,4 por ciento de la economía de Nepal. Donantes deben insistir en que la nueva Constitución debe completarse, haciendo énfasis en la necesidad de compromiso, particularmente en los debates acerca de la representación étnica y el federalismo.
Incluso después de las elecciones de noviembre, los líderes políticos van a tener que poner la estabilidad y la justicia por encima del poder y las ganancias económicas. Si la cultura de impunidad no se arranca de raíz, ni las elecciones ni una nueva Constitución salvarán a Nepal de una caída aún más profunda en el caos civil, la pobreza y la anarquía.
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