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Londres da la espalda y se equivoca

  • David E. Santos Gómez | David E. Santos Gómez
    David E. Santos Gómez | David E. Santos Gómez
12 de diciembre de 2011
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Aunque no tiene los descalabros económicos de Grecia o las amenazas fiscales de España, Irlanda y Portugal, el Reino Unido se convirtió de un tirón en el país al que se le mira con más desconfianza en la Unión Europea. Su papel de potencia, aislada y proteccionista, empieza a jugar en su contra y gana con facilidad recelos y rabias en la región.

En medio de la tormenta de crisis económica por la que navega la zona, la semana pasada parecía terminar con una luz de responsabilidad y esperanza tras una nueva propuesta de ajuste fiscal.

"Merkozy", la dupla que hacen la canciller alemana Angela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy, completó el Cubo Rubik para darle un nuevo aire al euro y a la Unión Europea con una propuesta en la que todos los miembros de la Unión se comprometen a apretar el cinturón de gasto. Duras sanciones a los Estados morosos y proyecciones de nuevas ayudas económicas para los más necesitados en 2012 parecían cumplir con las expectativas.

En el momento de la votación todos los Estados miembros, menos uno, se mostraron a favor de la propuesta. El rebelde fue el primer ministro británico David Cameron, que consideró que el esfuerzo era demasiado alto para su país, a pesar del beneficio de la comunidad.

Merkel, fría y distante, dijo que se lo esperaba. Sarkozy, por el contrario, no ocultó su rabia. Consideró que los británicos, siempre reticentes a los esfuerzos comunitarios europeos, ponen una inmensa piedra en el camino para fortalecer el pacto y, aún más grave, arriesgan la continuidad del Euro y de la Unión.

Cameron fue más allá del rechazo y se mostró satisfecho con que la isla aún mueva su economía en libras y no comparta el euro como moneda única. Desde el nacimiento de la Unión, el Reino Unido siempre fue escéptico de sus beneficios y ahora, cuando la crisis empapa todos los rincones, no ha estirado el brazo para salvarla de la debacle.

La actitud británica es, sin duda, de una prepotencia mayor. Sin embargo, la acción realizada parece contar con el apoyo de sus ciudadanos que consideran los salvamentos de países económicamente irresponsables como una condición inaceptable. Lo más alarmante es que esos mismos ciudadanos, que superan al 60 por ciento, están de acuerdo con un referéndum que ponga en duda la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

Londres se aísla como nunca antes. Incluso en el interior del gobierno de David Cameron ya se crea una gran fractura con los liberales del viceprimer ministro Nick Clegg que consideró un error darle la espalda a Europa.

Mostrarse nacionalista en momentos de problemas económicos de los vecinos es inmensamente popular en el interior de un país. Esos son los réditos que está ganando Cameron con su decisión de evitar el acuerdo propuesto por Alemania y Francia. El camino del populismo, sin embargo, casi siempre lleva a males mayores con los años.

De salir mal la apuesta de Cameron, el descalabro puede venir por partida doble. Primero su gobierno amenaza inestabilidad por la lucha entre los liberales que le apuestan a la comunidad y los conservadores proteccionistas. Segundo, y más grave, el Reino Unido le juega al aislamiento en momentos en los que la crisis económica estrechó aún más los lazos entre comunidades continentales.

Londres se equivoca profundamente. No puede pretender que ante su posición individualista los demás miembros lo consideren un aliado en el viejo continente, y en épocas de apoyos entre potencias, incluso Estados Unidos tendrá que escoger si negociar ciertos acuerdos con la Unión Europea o con el Reino Unido por separado.

Aquí es justo cuando se vuelve oportuno recordar que en geopolítica los mejores amigos son aquellos que sirven a los intereses del momento.

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