Hace dos meses Brasil sufrió una masiva protesta popular en contra de casi todo. La gente se mostró cansada de la corrupción, de los gastos excesivos, de la opulencia de un país que dice ser desarrollado pero en el que aún los niños se mueren de hambre. La mayoría de las manifestaciones fueron pacíficas aunque la violencia brotó en algunas ciudades grandes como Río de Janeiro o San Pablo.
Los ojos cayeron sobre la presidenta Dilma Rousseff. A tan solo un año de las elecciones presidenciales, en las que seguramente buscará su reelección, la mandataria quedó en una posición de distancia y desconexión con su electorado. Ella, sigilosa y pragmática, dialogó con los líderes de los protestantes, aceptó algunas de sus ideas y logró que la manifestación bajara en espuma. Capoteó el mal momento e impidió que los hechos la sobrepasaran.
Aunque la popularidad de la presidenta aún se reciente por lo pasado en julio, la mandataria empieza a recomponer su imagen con actos de respeto a la soberanía y críticas a Estados Unidos, que siempre tienen buenos réditos en casa. Puntada tras puntada, la sucesora de Lula da Silva se encarrila de nuevo.
Una de las acciones que le ha generado mayor beneficio es el desplante que le hizo a Barack Obama, como consecuencia del espionaje masivo que ejercía Washington sobre Brasilia.
Dilma, quien había pedido explicaciones a la Casa Blanca sobre la vigilancia ilegal, consideró que las disculpas de su homólogo fueron insuficientes y canceló una reunión bilateral propuesta para el 24 de octubre. Brasil se mostró como un nuevo gigante que pide respeto ante los comportamientos abusivos de la mayor potencia mundial.
No es la primera vez que Brasil toma una acción contra Estados Unidos o Europa con la intención de dejar claro la nueva realidad geopolítica. En época de crisis, cuando las potencias necesitan de los países emergentes, lo primero es entender que la ayuda no llegará si los necesitados siguen actuando como imperios coloniales.
El discurso le cae a la perfección a una mandataria que busca mejorar sus índices de aceptación. Rechazar a Obama es un disparo que acaba con dos pájaros al mismo tiempo, pues les infla el ego a los brasileños y ayuda a moldear a Dilma como una mandataria que sabe proteger a su pueblo y, para ello, necesita cuatro años más.
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