Esta Novena de Aguinaldo escrita por la religiosa María Ignacia en el Siglo Diecinueve se mantiene invicta pese a los arreglos y daños que le han aplicado. Varias veces han aparecido versiones corregidas del folleto original que empieza con la invocación al Benignísimo Dios de infinita caridad.
La madre María Ignacia era maestra del colegio tradicional de La enseñanza en Bogotá y su nombre de pila era Bertilda Samper. Se propuso modificar otra novena escrita en el Siglo Dieciocho por el franciscano Fernando Larrea. Hoy en día la obra que la autora pretendió publicar hace siglo y medio como ejemplo de sintonía con las costumbres (el Instituto Caro y Cuervo hizo una edición facsimilar hace un cuarto de siglo), es indestronable pese a numerosas expresiones arcaicas cuya supresión sería suficiente para aniquilar el encanto del texto original.
La novena carecería de la fuerza de atracción que reúne a la familia al atardecer de las nueve jornadas, si le quitaran el Adonaí potente, los dones proporcionados a tan excelente grandeza, la cárcel triste que labró el pecado, el anhelo sacro, el prosternado en tierra y el consejo que, por fuera del ritual y en cualquier época del año, alaba la prudencia que hace verdaderos sabios. Son expresiones que para algunos pueden representar piezas marcadas de cursilería. Pero sería menos complejo cambiar la letra del Himno Nacional que atreverse a salir de las antiguallas de la novena.
Tales antigüedades se asocian con las desproporciones barrocas de las imágenes del Pesebre, donde conviven en paz las ovejas gigantescas y los pastores diminutos, los automóviles y aviones y los carromatos de bestias, los chalets lujosos y las casitas de cartón comunes y corrientes, las montañas por las que bajan cascadas de papel celofán que marcan los límites con el desierto vecino.
La novena sigue sosteniéndose como tradición colombiana. Los forasteros la aprecian como una rareza. Aunque es obvio que deba tratarse de modo respetuoso porque atañe a la religión, despierta explicables manifestaciones de socarronería mal disimulada cuando se lee, por ejemplo, lo del padre putativo. Y motiva al erudito para corregir que no debe hablarse de la raíz sagrada de José sino de Jesé, el padre de David.
Para la astronomía el día más largo del año es el 20 de junio, el solsticio de verano. Para los devotos expectantes del Niño Jesús la jornada más lenta ha sido el 24 de diciembre. Cambian los tiempos y las costumbres, aunque los episodios de la Navidad lejana siguen reviviendo con la intensidad de la nostalgia, a medida que se aproxima la novena jornada y se concentra la atención en la escena enternecedora del Nacimiento, cuando "La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén".
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