La seriedad en el rostro del Presidente Barack Obama y los gritos de júbilo y cantos de victoria de cientos de estadounidenses alrededor de la Casa Blanca, en Washington, y el Punto Cero, en Nueva York, sintetizan, en parte, el momento que vive Occidente ante la noticia de la muerte de Osama Bin Laden, el máximo líder de la red terrorista de Al Qaeda, y responsable directo de los atentados contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001.
La adustez de Obama es clara muestra de que con la muerte de Bin Laden no se derrota el terrorismo, pero sí se le inflige un duro golpe a Al Qaeda. La frase del Presidente, en el sentido de que el "mundo hoy es más seguro", está lejos de significar que "esté totalmente seguro" de lo que podría ser un coletazo terrorista de los fundamentalistas que querrán vengar la muerte de su líder.
La alerta mundial para redoblar la seguridad y la vigilancia en puntos clave para Occidente demuestra que lo más difícil está por venir y que las expresiones de júbilo de cientos de miles de estadounidenses son una catarsis para espantar los dolores que dejaron los atentados del 11-S, pero no el triunfo definitivo contra Al Qaeda. La prudencia, hoy más que nunca, es fundamental.
Así lo han entendido Washington y la comunidad internacional, que sin quitarle méritos al operativo militar y de inteligencia que terminó en la muerte del líder terrorista en una céntrica mansión cerca a Islamabad, capital paquistaní, han madrugado a poner límites a la euforia: "es un triunfo simbólico, pero de ninguna manera la derrota del terrorismo y, menos, un golpe de Occidente al mundo musulmán", dijo ayer Obama, en alusión a que así lo quiso hacer ver el propio Bin Laden, tratando de alentar la llamada "guerra santa".
A los efectos sicológicos y económicos que de entrada ya ha generado la muerte de Bin Laden, hay que abrirle el compás de espera para determinar los alcances que tendrá en la geopolítica la noticia más importante de la última década en la lucha contra el terrorismo mundial.
Obama, sin duda, tendrá sus réditos internos y podrá encontrar de momento un espacio de mayor liderazgo dentro del Congreso americano, donde los republicanos no podrán desconocer este triunfo militar del Presidente, y la necesidad de acompañarlo con más decisión y presupuesto, para garantizarles no sólo a todos los estadounidenses su seguridad donde quieran que estén, sino a sus aliados en esta lucha contra Al Qaeda.
La minuciosa tarea de inteligencia que se llevó a cabo contra Bin Laden en los últimos cuatro años será asunto de primaria si no va acompañada desde ahora de una estrategia global que evite la atomización de la organización terrorista y, por ende, la multiplicación de las amenazas contra blancos estratégicos en todo el mundo.
Para ello, resulta fundamental la cooperación internacional, y un papel más protagónico de la ONU y la Unión Europea. La convulsión social y política, en pro de la democracia, que ahora se vive en Oriente Medio y el Norte de África es una oportunidad histórica para cerrarles el paso a grupos fundamentalistas que buscan espacios de legitimación armada en medio de las dictaduras.
La mutación terrorista que, sin duda, generará el vacío dejado por Bin Laden, obliga a no bajar la guardia y dejar las celebraciones para cuando el mundo entienda que no es posible derrotar el terrorismo mientras se sigan alentando odios por razones de raza, condición social o religión.
De lo contrario y, de cuando en vez, el planeta seguirá creando monstruos como Bin Laden. Así ha sido hasta ahora.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8