Aunque estaba irreconocible para el resto del mundo, Martha solo necesitó ver el ancho de la frente de la cabeza de su esposo para saber que era él.
-Si quiere lo abro más para que esté segura- le dijo un funcionario de Medicina Legal. Pero como ella dice: "cómo no va uno a reconocer a la persona con quien ha dormido por más de 10 años".
Era él Over Álvarez. "El mejor esposo, el mejor hijo, el mejor amigo y sobretodo el mejor padre", repetía Martha con lágrimas en los ojos y la preocupación dibujada en su rostro.
No era para menos Over, a sus 37 años, partía dejándole la responsabilidad de ser papá y mamá al mismo tiempo. Pero sobre todo, rodear a sus hijos con un amor tan perfecto como el que él les demostraba.
Ellos tres eran su vida, según Martha, pues el único tiempo que no les dedicaba era cuando estaba en la mina. Ayer martha les tuvo que dar la noticia. El mayor de 10 años todavía no lo creía y lo seguía esperando y el otro de seis años quedó como en shock.
"Si con el papá era depresivo y decía que no quería la vida, sino ir a acompañar al cielo a su abuela, ahora que no va a tener al amor de su vida, seguro tendré que conseguirle sicólogo", expresa Martha.
Cuenta Martha que si se enfermaban era Over quien los cuidaba, que no salía por estar con ellos y que cuando lo hacía era en su compañía.
Este es solo uno de los más de 70 dramas que vivían igual número de familias, en el sitio de la tragedia donde no despegaban el ojo de la salida de la mina y en el coliseo, habilitado como morgue para las necropsias y la identificación de los cuerpos, esperando la llegada de los carros de la funeraria con algún cadáver.
A dos metros de Martha sus cuñados esperaban desesperanzados que llegará el cuerpo de Jorge, primo de Over.
"Estaba decidido a renunciar, porque se había dado cuenta que las condiciones de la mina eran muy inseguras, pero no lo hizo a tiempo", cuenta Carlos, hermano de Jorge.
Les decía que el piso estaba temblando, que la presión de los tajos estaba bajando y que los cables de alta tensión estaban en el piso, pero que cuando le decían a los ingenieros no "paraban bolas".
"La necesidad tiene cara de perro y tenía que rebuscarse la vida porque tenía que mantener a sus dos hijos", expresaba su otra hermana Alba Lucía.
Las historias y los dramas se contaban en todas partes, porque todo Amagá tenía que ver con alguno de los mineros. En las esquinas, en las cafeterías y en el parque se comentaba de Javier Zapata, que estaba a días de jubilarse, de Jhony que no alcanzó a celebrar su cumpleaños ayer, de la señora que vive a una cuadra del parque que recién había perdido a uno de sus dos hijos en un accidente de moto y que ahora perdía el otro en la mina, quedándose sola.
Recordaban la tragedia vivida hace 33 años en la que 86 mineros de la Central Hullera perdieron la vida y de muchas otras que han marcado la historia minera de este pueblo.
"Ayer antes de irse para la mina me dijo muy triste: otro día que no voy a poder ver a mi hija", le contaba una señora a un familiar lo que le había dicho su esposo antes de irse a la mina.
Otro drama vivía Liliana Aguirre, todavía aferrada a un hilo de esperanza, que su esposo Jorge Mario Higuita, saliera caminando de la mina. "Antes de salir para la mina, me dijo algo que hacía mucho no me recalcaba: Mija ojo pues, que si me llega a pasar algo no vaya a dejar que le quiten nada al niño".
Según Liliana, lo presentía porque en varias oportunidades le dijo que era una mina muy peligrosa, pero que no tenía más que hacer.
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