Julián Assange y Fidel Castro no tienen nada que ver. Digo, en términos políticos. Ni tampoco me refiero a que haya conexión entre ambos personajes en cuestiones de espionaje informático ni filtraciones, aunque seguramente los dos entienden del tema. Es más bien que son incómodos para Estados Unidos. Y, para ser más exactos, la Casa Blanca y el Pentágono los consideran enemigos peligrosos de sus intereses.
Alguna vez se dijo que Fidel Castro era (y es) el último enemigo histórico de los Estados Unidos. Los rusos se diluyeron en mafias y gobiernos corruptos y oligarcas (en poder de unos pocos). Los chinos todo el tiempo miran a E.U. con la reserva de sus ojos rasgados, pero no friccionan. Y los británicos, aunque duermen con un ojo cerrado y el otro abierto, son más de allá que de cualquier otro hemisferio político.
Assange, el de WikiLeaks , no es en sentido estricto un enemigo. Es más bien una amenaza, porque sabe maniobrar, filtrar y destapar documentos como esos 250.000 redactados entre las embajadas de E.U. y su Departamento de Estado. Tal vez no haya una nación, un gobierno o una diplomacia con más doble moral y juegos de manipulación que la norteamericana. Es, además, su estilo, su sello.
Lo sabe Castro, lo sabe Assange, lo sé yo, lo sabe usted y lo sabe cualquiera que tenga dos dedos de frente. Los políticos, y más aún los hombres de Estado, generalmente mienten. No solo para mal. A veces lo hacen para bien. Pero mienten. Entonces, miente, exponencialmente, el gobierno que más secretos guarda y que por ello es el que más mentiras dice: no todos podemos saber lo que ellos saben y hacen. A no ser que Assange se les cruce en el camino y saque de la manga una tacada de documentos clasificados.
Castro hace política y alimenta su poder cuando habla y bravuconea. Assange simplemente libera miles de verdades del encierro en que permanecen y desata tormentas políticas y de opinión pública sin más interés (eso creemos por ahora) que ser un ícono del colaboracionismo que hay hoy entre los ciudadanos y la prensa, a través de la red mundial de datos.
No en vano Fidel Castro, a quien los portales de la prensa digital llaman "máximo rival ideológico" de la Casa Blanca, dijo que Assange logró poner de rodillas a Estados Unidos y su política cínica con la filtración de los telegramas diplomáticos. Castro, por supuesto, irrita a su vecino. Con Assange no ocurre menos. Barack Obama, Hillary Clinton y el fiscal Eric Holder lo llaman terrorista. Lo quieren cazar.
Castro derrama su retórica biliosa contra Estados Unidos, mientras que Assange difunde información que el público quiere conocer. El primero se sustenta en sus antagonismos históricos y el segundo se ampara en las nuevas tecnologías. A Castro se le desacredita porque es la antípoda ideológica y al otro, a Assange, porque le quita rejas a la verdad, cosa que no está tan mal.
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