A toda una época áurea del diarismo colombiano está unido el nombre de Jorge Hernández Restrepo. En los ámbitos local, nacional y hemisférico sobresalió por su visión de prospectiva, sus conocimientos en la administración de periódicos y un sentido práctico ajustado a la capacidad de resolver sin teoricismos los problemas de mayor complejidad en la vida dinámica y arriscada del periodismo.
Conmigo (y debo escribir en primera persona) fue siempre muy especial, por franco, bondadoso y afable. Utilicé con recato la amplia confianza que me dio a lo largo de muchos años, meses y jornadas en El Colombiano, desde la tarde del viernes 19 de febrero de 1971, cuando me condujo de oficina en oficina por todas las dependencias del periódico para presentarme como "el nuevo reportero".
Siempre la conversación con él se quedaba inconclusa pero con alguna clave para pensar y repensar. Después del intercambio inicial de apreciaciones sobre la actualidad interna y externa, pasaba a las instrucciones y de pronto a una cordial llamada de atención o a la aceptación de las razones que le exponía, al principio con el ímpetu juvenil que me creó la fama de bravo e impulsivo, de la que apenas he alcanzado a despojarme algo en los años recientes.
Desde el día en que recibí la noticia sobre la muerte de Jorge Hernández he venido evocando anécdotas, presencias, charlas, instantes de celebración y horas dificilísimas. Por ejemplo, recuerdo cómo se conmovió en aquella ocasión en que, ante el dilema vital de seguir o tocar a retirada en medio de la oleada de terror que azotaba a Medellín, la conciencia y el corazón y mi familia me dictaron que no podía fallarle a la causa del buen periodismo y de este gran periódico.
Muy en particular quiero subrayar el criterio humanista que aplicó en la actividad gerencial. No le hacía caso a quien le reprochara tendencia paternalista. Era ayudador en lo grande y en lo trivial como su tío Don Julio C. Alguien llegaba a su despacho con alguna dificultad económica y le indicaba una solución equitativa. Procedía así en virtud de sus convicciones. Gozaba cuando hacía el anuncio de una bonificación general, no sólo en tiempos de prosperidad sino en momentos cruciales. Así interpretaba en la realidad las tesis sobre la participación de los trabajadores en las utilidades.
Jorge Hernández y Juan Gómez fueron para mí, como jefes y amigos, dos hermanos mayores en esta casa periodística, así como Fernando Gómez, don Julio Hernández y Juan Zuleta eran mentores intelectuales y maestros de humanidad, rectitud y espíritu altruista. No es un tópico, sino una definición justa, decir que el doctor Hernández fue un colombiano y un diarista ejemplar. Le debo admiración y gratitud.
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