Este domingo los católicos celebramos a Jesucristo Rey. En los primeros siglos del cristianismo el arte religioso representó en hermosos murales y mosaicos la majestad del Cristo Todopoderoso (en griego "Christos Pantocrator"). Sin embargo, el Evangelio nos presenta a Jesús clavado en una cruz entre malhechores. Y es este Jesús crucificado a quien reconocemos como Rey universal.
Hoy ha desaparecido la realeza o permanece sólo como símbolo nacional. Y aunque en la historia ha habido monarcas justos, muchos fueron tiranos y actualmente, aun en países llamados democráticos, existen gobernantes que lo son. Quienes creemos en Cristo reconocemos que su reino tiene como fundamento no el poder que domina despóticamente sino el amor de Dios que asumió la condición humana y derramó su sangre por solidarizarse con las víctimas de poderes opresores.
La unción de David como rey de Israel en el siglo X a.C. (2 Samuel 5, 1-3) significó en su momento la esperanza del paso de la tiranía de Saúl a un reino de justicia y de paz. Pero tanto David como su hijo Salomón y muchos reyes posteriores traicionaron esa esperanza y surgió la promesa de un Mesías, título hebreo que significa lo mismo que Christos: ungido.
Nosotros reconocemos a Jesús de Nazaret como ese Mesías anunciado y proclamamos su reinado universal, no político y pasajero, sino espiritual y eterno. Para sus asesinos fue una burla la inscripción sobre la cruz con las iniciales latinas INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum: Jesús Nazareno Rey de los Judíos). Pero para quienes creemos en Él como el Salvador de la humanidad resucitado a una vida eterna, su título real significa que lo reconocemos como Señor, no sólo de un pueblo sino del universo.
El apóstol Pablo (Colosenses 1, 12-20) da gracias a Dios Padre por habernos trasladado del dominio de las tinieblas al reino de su Hijo querido. Esta acción salvadora espera de parte nuestra una respuesta comprometida a la invitación que Él nos hace a ser partícipes de su reino, reconociendo como el ladrón arrepentido nuestra necesidad de ser liberados por Él, viviendo unidos en la comunidad de fe que es su cuerpo místico y situándonos en la onda de su voluntad de amor, de justicia y de paz.
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