Los devastadores estragos que provocó el terremoto de siete grados en Haití sepultaron a cientos de miles de personas y lo poco que quedó en pie, además de algunos edificios y casas, es la estremecedora realidad de un país que parece condenado a la pobreza, la corrupción, la inestabilidad política y, lo peor, a la apatía e indolencia de buena parte de la comunidad internacional ante su tragedia económica y social.
La rapidez con que ahora actúa el mundo, previsible ante el desolador panorama de víctimas y daños, contrasta con el histórico letargo que este Hemisferio, y buena parte del planeta, ha mantenido hacia el país más pobre de América.
Si bien la reconstrucción física de Haití es un imperativo, no lo será menos la oportunidad que esta tragedia representa para hacer una reconstrucción social y moral de los haitianos, sumidos en profundas crisis políticas, agobiados por la pobreza y el hambre, y abandonados a su mala suerte.
Haití tiene el ingreso per cápita más bajo de todo el Hemisferio y ocupa el puesto 150, entre 177 países, en el Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas y es el país más corrupto del mundo, según el Índice de Transparencia Internacional 2008. El 70 por ciento de su población vivía en la pobreza antes del terremoto.
Toda la ayuda económica y humanitaria que hoy demanda Haití será poca para lograr la "viabilidad" como Estado que se merecen sus ciudadanos, si la comunidad internacional no asume un rol protagónico y decisivo en la reinstitucionalización del país caribeño. Los daños provocados por la naturaleza en una región vulnerable a los huracanes y los sismos han ido de la mano de la inestabilidad y la polarización políticas.
Colombia tiene miembros de la Policía dentro de los Cascos Azules de la ONU en Haití y debe asumir, como lo hizo desde el mismo momento en que se conoció la tragedia, un liderazgo con solidaridad y poner al servicio de los haitianos toda su experiencia y capacidad en la atención de desastres. Hemos vivido en carne propia los devastadores efectos de los terremotos en Popayán (1983) y el Eje Cafetero (1999), y la avalancha por el deshielo del Nevado del Ruiz, que sepultó a Armero, en 1985.
La reconstrucción de Haití es tan fundamental que no hay que dejársela a los haitianos, tal como lo aseguró el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, al advertir que la tragedia en ese país es una catástrofe para el mundo, pues entre las más de 100 mil víctimas y tres millones de damnificados que se estiman preliminarmente, hay personas de todas las latitudes del planeta.
Hoy, cuando todos nos preguntamos por qué las tragedias naturales, a veces, son más implacables con los más pobres, entendemos la importancia de ser responsables con el ambiente y la sostenibilidad del planeta.
Entre algunas de las explicaciones que dan los expertos en geología sobre la magnitud de los daños sale a relucir otra realidad en Haití: la irracional explotación de los recursos madereros en extensas montañas y llanuras como mecanismo de supervivencia ante la extrema pobreza. De paso, una legislación inexistente en materia de normas de sismorresistencia para la construcción de casas y edificios. Hasta en eso ha sido pobre Haití y apenas nos dimos cuenta.
Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8