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27 de julio de 2010
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El país ha estado expectante durante los últimos días por el desarrollo de las relaciones diplomáticas con la hermana República Bolivariana de Venezuela, dada la decisión del gobierno del Comandante Hugo Chávez de romper relaciones diplomáticas, como respuesta a las denuncias presentadas por el gobierno colombiano ante el Consejo permanente de la OEA, en relación con la presencia de guerrilleros y de campamentos de las Farc y del Eln en territorio venezolano.

Hecho que no nos cansamos de lamentar y máxime al coincidir con la celebración del bicentenario de nuestra independencia, dados los lazos de hermandad histórica que han unido a ambas naciones y la gratitud perenne que le debemos al libertador Simón Bolívar.

Aunque las relaciones han tenido sus altibajos a través de los años, también es cierto que desde el ascenso al poder de Chávez en Venezuela y, luego, del presidente Uribe en Colombia, se han acrecentado las dificultades, originadas en algunos casos por razones ideológicas y en otros por asuntos eminentemente electorales y personales.

En este pugilato de pesos pesados en el que el Presidente Venezolano encontró a un Uribe bien posicionado sobre el cuadrilátero, moviéndose estratégicamente y lanzando pocos golpes pero contundentes, jugando con el tiempo, como lo acontecido en la última semana cuando denunció ante la comunidad internacional al gobierno chavista por sus presuntos nexos y su permisividad con grupos narcoterroristas en su territorio, propinándole con ello un directo de derecha a la cara dejándole de momento sin capacidad de reacción. Pues la intervención del embajador de Venezuela Chaderton fue pobre, ya que no contaba con los elementos suficientes para responder a cada una de las acusaciones y sólo atinó a realizar una intervención gangosa y cínica, queriendo ridiculizarlas y opacarlas.

Cuando el Comandante Chávez tomó aire, respondió con un jab de izquierda,  anunciando el rompimiento de las relaciones diplomáticas con Colombia, en medio de un acto farandulero, más que diplomático, en el que se aprestaba a recibir al fracasado y díscolo entrenador de argentina Diego Armando Maradona.
 En este enfrentamiento de presidentes y de gobiernos, en el que las vías diplomáticas han sido ignoradas para llegar a un cuerpo a cuerpo, con golpes bajos y personales, han resultado afectados, más que los mismos púgiles, las comunidades apostadas en las fronteras y los comerciantes que viven de las relaciones bilaterales, poniendo en peligro su subsistencia y dando al traste con nexos familiares por el cierre de los pasos fronterizos.

Nos duele que el presidente Chávez y su gabinete, quienes pregonan en todo momento que aman al pueblo colombiano y que jamás le harían daño, no sean coherentes y consecuentes con su discurso al permitir asentarse en su país a quienes han sido por años responsables directos de una violencia sin razón que ha enlutado a muchísimas familias y ha desarraigado a millones de compatriotas, afrentas a las que tampoco han sido ajenos algunos de sus coterráneos.

Del gobierno venezolano se espera por lo menos la solidaridad sincera y la colaboración permanente para la superación de los problemas que nos causa el terrorismo; por lo que nos indignan las acciones cínicas y agravios sistemáticos de su presidente, funcionarios y amigos del régimen, en contra del gobierno colombiano.

Esa actitud pendenciera e injuriosa, la interpretamos como una estrategia que busca mover un nacionalismo en contra de Colombia, que le permita distraer la atención del fracaso de su administración, de las graves dificultades fiscales y de toda índole que hoy tienen al borde de la quiebra al país que otrora fuera el más boyante de Latinoamérica.

Pues el socialismo revolucionario del siglo XXI que pretende implantar Hugo Chávez, es un modelo imbuido en la filosofía y economía marxistas que podría contar con elementos que, ajustados a la realidad global, pudiesen permitir al Estado construir una sociedad más equitativa; pero exigiría la sapiencia de un líder y estadista que una al pueblo venezolano y no con el mando simple y vociferante de un ex coronel con ínfulas de libertador que los divide.

Confiemos en que la llegada del nuevo gobierno colombiano logre recomponer, siquiera en lo fundamental y por las vías de la diplomacia y el respeto, la coexistencia pacífica que necesitamos los habitantes de ambos países.

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