No existe hoy en el planeta un político que disfrute de mayor aceptación y favoritismo entre sus seguidores que el Papa Francisco. Desprendido de formalidades y con timonazos decisivos en la reestructuración de la Iglesia, se ha granjeado los aplausos tanto de creyentes como de escépticos en medio de la que es sin duda la mayor crisis de la Iglesia católica en la historia reciente.
El jesuita ha renovado la cara de la Iglesia en cuatro meses y en unos movimientos casi irrepetibles por cualquier otro dirigente recibe felicitaciones por cada nueva empresa que adelanta en su intención renovadora. Francisco es un sacerdote, pero al mismo tiempo es una cabeza de Estado con una influencia categórica en los destinos políticos de buena parte del globo.
Tras la muerte de Juan Pablo II, figura decisiva en la geopolítica de la segunda mitad del siglo XX, el catolicismo pareció caer en un letargo de proyección política mientras se batía entre desastres propios como la pederastia y la corrupción.
Bergoglio parece que se encarga de todo y todo le sale bien. Además de apoyar movimientos sociales como los ocurridos en Brasil, enfoca su pontificado a reestructurar el Código Penal vaticano, a limpiar los desastres del abuso de menores por parte de algunos sacerdotes y se mete de cabeza en la clarificación de los manejos turbios del Banco Vaticano. No solo promete sino que actúa.
Mientras el mundo sale a las calles a criticar a sus políticos abusivos, entronados en el poder, Francisco decidió gobernar mediante el ejemplo y dejó de lado la ostentación tan típica de los jerarcas católicos, rechazó las cacareadas preferencias de su cargo e incluso abandonó su papamóvil para algunas manifestaciones masivas.
En siete días, la estrella del 2013 aterrizará en Brasil, en el que será su primer viaje internacional desde que asumió como cabeza de 1.200 millones de católicos y el encuentro se dibuja como la unión perfecta entre el político más popular del mundo y un país que representa la nueva voz ciudadana contra la injusticia social y la corrupción.
En un subcontinente profundamente católico como el suramericano, sus palabras, seguramente críticas contra ciertos comportamientos políticos hemisféricos, se escucharán como consejos con peso de plomo y se reafirmará el acento político de la cabeza de la Iglesia que se había perdido con Benedicto XVI.
Francisco lo hace bien en momentos en que muchos lo hacen mal. Es desde ya, y como lo dijo la revista Vanity Fair en su edición italiana, el hombre del año por la transformación de una institución estática y agujereada por la corrupción.
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