Filipinas es hoy un gigantesco taller en el que millares de personas, técnicos, ingenieros, conductores y maestros de todo tipo de profesión trabajan, de manera incesante, en una carrera desesperada por tratar de reconstruir casas, barrios y obras de infraestructura que arrasó el tifón Yolanda.
Una semana después del desastre, las carencias se multiplican y las personas se siguen encontrando con el hedor de los cadáveres, muchos aún sin recoger. A la zona costera casi no llega ayuda debido a que los aeropuertos están congestionados, las carreteras bloqueadas y la escasez de mano de obra.
Pese a la desesperación, un espíritu de autosuficiencia se hacía evidente ayer entre los habitantes de Guiuán y otras poblaciones arrasadas, dedicados a la reconstrucción de sus vidas y las de sus vecinos, con o sin la ayuda del gobierno o grupos extranjeros.
A las 6 a.m., Dionisio de la Cruz construía una cama usando varios clavos oxidados. Ha levantado ya un refugio temporal con los restos de su casa. "Dependemos de nosotros, así que tenemos que hacer esto por nuestra cuenta", dijo el hombre, de 40 años, mientras su esposa y madre dormían en una mesa cercana.
Las autoridades calculan que unas 600.000 personas han sido desplazadas por el tifón Yolanda, que castigó con especial saña las islas de Leyte y Samar. Casi todos sus habitantes quedaron sin hogar. Junto con agua, alimentos y medicinas, los grupos de socorro darán prioridad a la distribución de herramientas, clavos y otros pertrechos que permitan a gente como De la Cruz mejorar sus refugios mientras son consideradas soluciones más permanentes.
Los helicópteros de la armada estadounidense efectuaron vuelos desde el portaaviones George Washington y lanzaron agua y alimentos en poblaciones aisladas. El gobierno fue criticado ante la imposibilidad de despachar pertrechos más rápidamente. "En esta situación, nada es suficientemente rápido", dijo la secretaria del Interior Mar Roxas en la destruida capital de Leyte, Tacloban. "Las necesidades son tan masivas como urgentes y no se puede llegar a todo el mundo".
En la aldea de Guiuán, a unos 155 kilómetros al este de Tacloban, hubo otros indicios de vida entre las toneladas de escombros. Un hombre vendía pinchos de carne asada, un par de quioscos vendían sodas y jabón y la ropa recién levada fue puesta a secar al sol.
Aunque muchos han abandonado esta y otras aldeas arrasadas, algunos decidieron quedarse y ayudar. Susan Tan, propietaria de un comercio, estaba a punto de volar a otra zona del país después que una turba hambrienta asaltó su establecimiento hace unos días tras el paso del tifón, vaciando las estanterías y llevándose todo lo que tuviera algún valor.
Un amigo le persuadió para que se quedara, y regenta ahora un centro de ayuda en su comercio, que lleva en manos de la familia desde la década de 1940. "No puedo irme a Cebú y sentarme en el centro comercial mientras este lugar está en ruinas", indicó.
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