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Feliz pueblo pobre

  • Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
    Arturo Guerrero | Arturo Guerrero
17 de enero de 2012
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Una mujer de Guinea contó que cuando niña sentía dolor en el estómago, pero solo de grande supo que eso era hambre. El dolor de esa niña no tenía nombre ni representación en su orden de conocimiento del mundo. No sentía hambre porque ignoraba que existiera algo así.

Si no sufría de hambre, tampoco percibía injusticia. Por tanto su vida era lo que era, dato simple, no problema ni algo que hubiera que cambiar. El vacío de estómago era tan natural como la respiración o el calor. La mente de la niña no lo registraba como pesadumbre. Era feliz.

Raúl Cuero, microbiólogo de la agencia Nasa, nacido en Buenaventura, afirma haber crecido en este "pueblo de negros felices, donde no sabían que les faltaban cosas". El científico, hoy convertido en celebridad, añade explicación: "la pobreza es ausencia de felicidad, así que en mi pueblo no éramos pobres; todos éramos iguales, no teníamos nada".

Eran niños negros felices, en el puerto de hace sesenta años. No tenían nada, salvo felicidad. Felices, ricos e iguales. No necesitaban nada porque nada les faltaba. Al alcance de la vista, océano, horizonte ilimitado solo para ellos. A la mano, juego, tambores, la calle, pescado, coco, agua de coco, borojó, risa de setecientos dientes blancos, nanas negras y sus historias pícaras, espantos para la imaginación, entierros de tres noches.

Ricos y sin nada, sobrellevando dolor sin conocer qué es dolor, compartiendo inexistentes cosas que todos ignoran por igual, estos niños de Buenaventura y Guinea son estampa de felicidad en medio de carencia. No son pobres, pues son felices. Ninguno destaca del común para provocar comparación, envidia y codicia.

Ricos niños pobres que no han de ser muy distintos de sus ricos padres pobres. Porque el estado de beatitud no es derivado de inocencia de edad, sino de inocencia de mente.

Y ambas inocencias no son ingenuidad, sino manera de asumir la vida con apego a esencias que hoy son escándalo.

Toda Colombia ilustrada se ríe cuando investigadores extranjeros concluyen encuestas con campeonatos de felicidad para este pueblo que en sus mayorías anónimas proviene de las mismas negruras de Raúl Cuero, de hambres innominadas idénticas a las de la mujer africana.

Y el pobre pueblo feliz sigue disfrazándose en carnavales, ferias y corralejas, para derrochar inocencias.

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