También somos el peluche del olinguito y el piano labial de la triple Caterine Ibargüen. Par de fulguraciones a las que ninguno de nosotros contribuyó, mucho menos el Estado, y que no obstante sacuden el reptil tatuado en el más arcaico surco del cerebro social.
El breve oso asustado que espía desde nieblas andinas es crío recién nacido a la investigación anglosajona, y al tiempo deleite antiguo, reminiscencia criolla de leches abolidas. Garras de juguete inútiles para rasgar la carne que da alcurnia a una especie, inspiran a madres primerizas que les encuentran similitudes con las uñas de pie de sus bebés modelo XXI.
El olinguito saltó en imágenes esta semana, trayendo el estandarte de un planeta colombiano que sobrevive escondido de barbaries, y que cuando alza la borla de la nariz provoca identificación ancestral, solidaridad dinástica. Un trazo de escritura primitiva pronuncia en él voces enigmáticas pero innegables.
Desde el lado opuesto del mundo, la campeona de madera negra y brillante convenció más por su sonrisa expandida y brinquitos adolescentes, que por los formidables centímetros de arena levantada en las retinas sin respiro. Es alguien del barrio, alimentada con saliva, consentida por nuestra misma abuela de cabeza blanca.
Igual que el nuevo carnívoro que come semillas, Caterine es puro fruto de la nada. De milagro llegó a los 29 años en el polígono que es Urabá, de sorpresa se hizo enfermera, a fuerza de fe madrugó todos sus días para cincelar músculos y lustrar esperanzas.
Nada ni nadie, eso sí, ha logrado opacarle la marca en la boca que a duras penas cabe en los televisores del mundo. Esa alegría es cédula de ciudadanía similar a la que cargan los 44 millones de sobrevivientes de nuestra historia. Para poco, es verdad, sirve el documento, sin embargo es mínimo común denominador que algún día enorgullecerá a los valientes y anónimos habitantes del país con nombre de descubridor.
Olinguito y Caterine, exiguo oso perdido desde el paraíso y atleta negra que arrebató un fulgor al sol, ubicaron al país en la adecuada perspectiva desde la que es preciso medir padecimiento y trascendencia del curso nacional. Ellos son la exaltación asequible, de ahí que el pulso general batiera al unísono.
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