En este puente he sido testigo de dos ejemplos reconfortantes que, en medio de la crisis de certezas y de la desconfianza potenciada, alumbran la esperanza en que la juventud de este país no se deje involucrar en los viejos resabios y protagonice la renovación del modo de ser colombiano.
Aquí en el Quindío, el Parque del Café encanta con un espectáculo emocionante. Su atractivo principal es el paisaje espléndido de esta región cordial y embrujadora. Cordial, porque está en el centro del corazón. Parte esencial de ese paisaje, visual y sonoro, es el Show del Café . Muchachas y muchachos dotados de capacidad de expresión estética sorprendente, de habilidad histriónica incomparable, interpretan un repertorio cada día más decantado (he visto el Show muchas veces y en cada temporada es distinto), con danzas y canciones, vestuario y coreografía que pulsan las fibras entrañables del alma. Son cuarenta minutos de recorrido musical por la historia del café, el mismo que está volviendo a verdecer en estos contornos, como señal de identidad de la tierra quindiana, "donde todo está bendito, con el color esmeralda que ilumina los plantíos" , como cantaba un poeta regional.
Mientras presenciábamos la sesión de armonía del Show del Café , abajo y a la sombra de una carpa en la plaza del pueblo quindiano a escala el Presidente encabezaba una reunión de los que se denominaban Consejos Comunales. Funcionarios y políticos practicaban con el mandatario y sus colaboradores el antiguo juego del trueque de reclamos y promesas. La gente oía de lejos, pero no podía acercarse, por el rígido cordón de seguridad que impedía ver al gobernante.
Y en la noche sabatina, el corajudo equipo juvenil de fútbol ofrecía una demostración de pundonor, mística y voluntad, ante una selección mexicana no menos valiente. Las circunstancias no fueron propicias para que los colombianos sostuvieran su campaña hacia la final. Los errores tácticos, la confusión y la anarquía los empujaron al fracaso deplorable. Pero han dejado estos futbolistas una lección magnífica, imborrable, de juego limpio, alta calidad competitiva, que marca el contraste frente a los ejemplos decepcionantes de un viejo fútbol resabiado y mercantil, de algunos jugadores mercenarios y codiciosos y de ciertos técnicos y directivos que se imponen a fuerza de componendas y bolillazos.
La Selección Colombia de menos veinte y el Show del Café y abundantes como variadas demostraciones más de la vocación transformadores de la nueva generación, son pruebas para que todavía los colombianos sigamos haciendo valer el derecho a la esperanza. No es ilusorio ni retórico: Los jóvenes de hoy, en su mayoría, están haciendo despertar el juego limpio, sin el cual este país seguiría apresado por una red insoportable de marrullas, mañas y trampas.
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