Su sol era metálico. Un armazón de láminas con alma de aluminio. Aquel astro lo dejó para iluminar, por ejemplo, la rotonda de entrada al Aeropuerto José María Córdova, de Rionegro. También esculpió su ingenio en acero, en hierro y en yeso; en Nueva York, en Caracas, en Barcelona...
Aunque él era payanés. Aunque murió a los 92 años, este jueves, justo el día de su cumpleaños. Aunque sus esculturas alcanzaron mucha más visibilidad en Europa que entre nosotros mismos. Aunque mucha falta nos hará su presencia física. Ya se ha quedado para siempre en el cúmulo de sus estructuras que eran una ilusión edificante.
Quedará además en la memoria que en 1968 ganó el Premio de Escultura David Bright, en la Bienal de Venecia. Y que, por supuesto, recibió en su momento la gran orden del Ministerio de Cultura.
Ayer, y hoy, los amantes del arte geométrico y de “cierta inspección al paisaje industrial” de Negret lanzaron sus trinos en las redes sociales y pintaron su pesar en las páginas electrónicas de los diarios del país: “su mejor legado son sus magníficas obras de arte, las que debemos conservar, mirar y admirar”. “Esta clase de personas son las que uno no quisiera que se fueran nunca”, expresaron los lectores de EL COLOMBIANO. Negret le pertenecía al país, al continente y al universo de la plástica. De sus intenciones tan abstractas nos quedan una admiración y un placer palpables, concretos. Adiós al gran artista.
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