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De la moda

28 de octubre de 2008
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La elegancia le concede interés a la vida, la dramatiza. Rico, puede uno hacerse. Elegante, se nace. Palabras de Balzac.

Un poeta, hijo de un sastre de Rionegro, el nadaísta Jotamario Arbeláez, un hombre aficionado a las vanaglorias del dandismo, escribió un libro: Paños menores. En el prólogo que nombró Puntadas sin dedal, Jotamario se jacta de haber vestido de paño siempre, cuando los muchachos iban de burdo dril. Aunque sus hebras fueran cosidas con los retazos de los clientes del taller de su padre. Y afirma que el éxito modesto de las tijeras de su papá consistió en convertir hombres invisibles en dechados de perfección física, pero que aunque fuera capaz de hacer hombres elegantes no podía convertirlos en caballeros si ya no lo eran.

En el gremio de los poetas jamás faltaron los distinguidos por la dejadez. Pero abundan los acicalados. El inevitable Borges llama a Wilde con desdén un dandi que también era poeta. Y un caballero dedicado al pobre propósito de asombrar con corbatas, y con metáforas.

José Martí asistió en Nueva York a una conferencia del más reputado de los dandis de Irlanda y entre los mártires del culto de los jóvenes. Su recuerdo resulta desmañado por la repetición capilar y la doble mención de la seda, pero lo copio: el cabello le cuelga cual el de los caballeros de Elizabeth de Inglaterra sobre el cuello y los hombros; el abundoso cabello, partido por esmerada raya hacia la mitad de la frente. Lleva frac negro, chaleco blanco de seda, calzón corto y holgado, medias largas de seda negra, y zapatos de hebilla. Wilde dijo que ponía su genio en la vida, y sólo el talento en las obras.

Baudelaire habló de esos seres que no conocen otro estado que el arrobamiento. Los dandis. Soles del ocaso, que aspiran a ser sublimes sin interrupción. Dice. Y agrega que el dandi implica una quintaesencia de carácter, una inteligencia sutil de todo el mecanismo moral de este mundo? pero aspira a la insensibilidad.

Chateaubriand recuerda en las Memorias de Ultratumba al fashionable. El fashionable presentaba la apariencia del hombre desdichado y enfermo con un toque de desaliño en la persona, uñas largas, entre la despreocupación y la desesperación. El dandi en cambio ofrecía un aire conquistador, ligero e insolente, y revelaba una orgullosa independencia de carácter llevando siempre el sombrero. Además aparentaba una salud perfecta, colmada su alma de cinco o seis felicidades. El fashionable es lo que hoy llaman playboy. El hombre baratija. Más cerca del lechuguino de Chateaubriand, con rizos y rizos y gorritos de terciopelo como los de las mujeres, que del dandi.

Dicen que Marcel Proust llevaba abrigo en la cama. No lo hacía por melindres de señorito. Era el asma. Proust apreciaba la compostura en el vestir, era aficionado a los placeres, que son las ciencias de la noche, como se dijo de Petronio. Una anécdota le concede un alto lugar en el altar del dandismo. Al salir de un hotel parisino descubrió que se había quedado sin efectivo para la propina del portero. Así que se le acercó con la humildad del hombre elegante en desgracia y le dijo: -¿Podría facilitarme cincuenta francos? -Claro, señor Proust. Repuso el portero. Y Proust, con frialdad: -Quédese con ellos. Eran para usted.

Y ajustó la bufanda de asmático hasta el bigote dibujado. Lleva botines de charol, levita entallada, corbatín, un lirio salvaje en el ojal. Camina hacia el coche que espera.

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