Vivo en la memoria, como si hubiese sido ayer, Cosiaca tiene el recuerdo de aquel día caluroso de agosto en el que sintió que ese era el último de su vida. Caminaba tranquilo por las trochas de su vereda y al mirar atrás, descubrió que su existencia pendía del hilo que pegado a su bota pantanera arrastraba una mina antipersonal.
Solo pensó en rezar, y con María Auxiliadora en sus labios y "maña de serpiente", se agachó. Desenvainó el machete lentamente ensordecido por los pensamientos de muerte que le rondaban y cortó de un tajo la cuerda.
"Pensé que la mina iba a estallar, pero la berraca no explotó. Sentí un alivio inmenso al salvarme", dice Cosiaca mientras ríe profundamente y afirma que ese día "le gané la partida a la muerte".
Ha desactivado 27 minas
Diez meses antes de aquel episodio en el que conoció el rostro pálido de la muerte, Cosiaca decidió retornar a su tierra de la cual fue sacado en el 2002 por los grupos armados ilegales. Como él, más de 19.721 personas fueron desplazadas entre 1980 y 2003 de San Carlos.
A su regresó, Hernán de Jesús Gallo Hernández, o Cosiaca como es conocido, no encontró caminos. No había nada en las casas. Los enseres se perdieron. Todo estaba vacío.
De su finca y las de sus vecinos se había apoderado la maruchenga y el verde negro, rastrojos que ocupan con sus raíces todo lo que encuentran a su paso, y en los caminos y campos de su vereda, la guerrilla y los paramilitares cambiaron los sembrados de yuca y plátano por minas antipersonal.
"Entré por un rastrojo y lo primero que me topé fue una jeringa enterrada. No sabía que era. Entonces con mi machete le hice una zanja alrededor. La saqué despacio y la desarmé. Ahí fue cuando conocí las minas", recuerda.
Desde ese momento, aquel campesino de ojos claros, barba insípida y estatura mediana, que ríe y en medio de cada conversación echa un chiste, se volvió héroe sin saberlo.
Sin buscar recompensa o fama, se echó al hombro la tarea de desminar su vereda y de esta forma permitir el regreso de sus vecinos, algunos de los cuales vio caer en medio de esos artefactos que entre 1990 y 2010 han dejado 8.329 víctimas.
Se volvió experto. Solo con su machete, y siempre con el nombre de María Auxiliadora en sus labios, aprendió a quitar las minas que se encontraba por los caminos de herradura. En esta labor peligrosa desactivó 17 minas, explotó seis dejándoles caer una piedra encima desde lejos, las otras cuatro las encendió con gasolina y mecha y desactivó tres bombas hechas con galones de combustible.
"Yo sabía que era arriesgado, pero no es justo que la gente tenga que irse de su tierra y nunca regrese. Yo hice eso porque quiero que la gente vuelva, que revivamos el campo. El campesino no es capaz de vivir en la ciudad, porque gallinazo no pega en jaula", comenta.
Y se dio el retorno
El sueño de Cosiaca de ver regresar a los campesinos se ha hecho realidad poco a poco. Con su desminado manual y con el desminado humanitario hecho por el Ejército, han podido retornar a San Carlos más de 1.043 familias.
Por esto Rafael Hernández le agradece cada vez que se lo encuentra a la vera del camino. Le dice que "está muy agradecido porque ha arriesgado su vida por permitir que todos volvamos. Eso nunca lo vamos a olvidar, ya se ganó el cielo".
Por recomendación de las autoridades, Cosiaca ha dejado de quitar las minas con sus manos y su machete.
"Tuvimos que prohibírselo. Le dijimos que cuando se encontrara con una mina nos llamara a nosotros o al Ejército. Casi no lo convencemos que deje de hacerlo porque es una tarea peligrosa", dice Luis Pamplona, funcionario de enlace del desminado del municipio de San Carlos.
Ahora Cosiaca camina tranquilo por su vereda. Saca madera para vender y con esto sobrevive. Mientras se seca el sudor con una camiseta vieja asegura que se siente orgulloso de lo que ha hecho y afirma que volvería a hacerlo y más porque a los campesinos "sólo nos queda el dolor de los campos minados".
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