No me rehuya la mirada, amable lector. No me diga que es porque usted es muy tímido. Eso se nota. La timidez es como un aura que rodea a la persona y que se queda en el aire aunque ya no esté en frente.
Venga, pues, hablemos de la timidez. Aunque no sea sino para consolarnos nosotros, los tímidos, para quienes la actualidad, casi la cotidianidad misma, no son otra cosa que una silenciosa batalla perdida contra la timidez. Y tal vez hasta la vida entera haya sido una historia de mustias timideces: de niños, frente a los adultos y un mundo que apenas estábamos descubriendo; de adolescentes, frente a las amistades, en el delicioso estupor del primer amor y, por supuesto, de cara a la adusta mirada de los mayores; de jóvenes, ya asumida la pugnacidad y la rebeldía, frente a una sociedad que nos parecía hostil, que no nos comprendía; de mayores, en la aventura del amor definitivo, a la hora de conseguir un empleo, de iniciar un trabajo, de no rendirnos en la dura pelea por la supervivencia; ya de viejos, esa timidez un poco gris de las resignaciones ante lo irremediable.
Todos nos sentimos y nos proclamamos tímidos, porque todos en una u otra ocasión hemos pasado por el martirio de sentirnos inseguros ante los demás. Un miedo, un temor (tímido -no lo olvidemos- viene de ahí, de temer) de que todo salga mal, de que seamos objeto de burla, de incomprensión, de compasión tal vez por parte de nuestro interlocutor. Quedábamos exhaustos luego de esos encuentros, de esas entrevistas de trabajo a las que habían precedido días interminables, noches de insomnio, largas horas de espera de un condenado a muerte en capilla.
Pero la timidez, por dolorosa que sea, encierra un valor si la asumimos como parte de nuestra personalidad. Dice Neruda en su libro de memorias "Confieso que he vivido": "La timidez es una condición extraña del alma, una categoría, una dimensión que se abre hacia la soledad. También es un sufrimiento inseparable, como si se tienen dos epidermis, y la segunda piel se irrita y se contrae ante la vida":
La timidez, como una segunda piel, como una invisible frontera íntima que asegura el recinto de la propia soledad. Y es que en el fondo de toda timidez hay una gran dosis de soledad. Cuando se logra entrar respetuosamente en el mundo solitario, a menudo sufriente, del tímido, se descubren horizontes insospechados. Por eso el amor de los tímidos es, muchas veces, más sincero, más tierno, más intenso. Tal vez por su mismo desvalimiento. Y más franco su acompañamiento y colegaje en la vida social y de trabajo.
Ser tímido es un rasgo tan inherente a la persona que, si se intenta tapar o disimular, se convierte en una farsa con peores consecuencias que la misma timidez. Hay que aceptar que la vida está hecha de sobresaltos y sonrojos. Para no dejarnos apabullar por esos momentos que dejan al descubierto nuestra condición de tímidos, siempre está a la mano el recurso de la sonrisa. Con ella desarmamos al interlocutor que nos abruma y con ella, con la sonrisa que rubrica la decisión de burlarnos de nosotros mismos, exorcizamos los fantasmas del orgullo herido.
Finalmente, hay que decirlo, tiene su encanto la timidez. "Me gustas por tímido (por tímida)" tal vez fue el primer piropo que nos hizo sonrojar en la adolescencia. Es la timidez la que nos permite mantener vivos, entre los escombros de la existencia, los amores platónicos. Y fue una timidez derrotada la que nos deparó las alegrías del último amor, del definitivo.
Por eso, tímido lector, míreme de frente. Gritemos la consigna: "Tímidos del mundo, uníos"? Aunque no. Para qué hacer bulla, molestar. Qué irán a decir. Mejor sigamos anónimos y solitarios. Tímidos, pero contentos.
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