Lo único que le cabe a “Malonso” en la cintura es un revólver con el que no deja caer sus pantalones, sostenidos, además, por una correa raída. Quiere mostrar poder, entonces acomoda la cacha del arma por encima de los pantaloncillos y deja ver su costillar, mientras juega cartas con dos amigos en la esquina que cuida, azotada desde hace dos semanas por los integrantes del combo rival.
“Malonso” tiene 15 años y dos meses, y el hablar arrastrado que identifica a la mayoría de los muchachos enfilados en los combos de Medellín. Además, unos brazos largos capaces de cargar una carabina y unas piernas flacas donde asoma una cicatriz de un machetazo “ganado” en una riña callejera. En la billetera, junto al papelito para armar un bareto, hay un pedazo de cédula con su nombre y una estampa de María Auxiliadora, “pa’ que me libre de todo mal”, dice y se ríe.
El descolorido papel no le sirve por dos razones: desde hace 3 años, cuando se cargó su primer muerto, todos lo llaman “el diablo”. Ese día, mientras bajaba los escalones de su barrio se encontró “al paciente” en cuclillas, resoplando entre sus dedos un cigarrillo de marihuana que le asomaba diminuto entre las uñas, un pucho.
—Yo cerré los ojos y le pegué tres tiros— recuerda, y le gritó en la cara a su víctima, mientras la vida se le desvanecía con la sangre saliéndole a borbotones por la espalda, que lo mató por robarle los buñuelos de las ventas cuando él era apenas un niño.
Lo otro, “Malonso” no usa la cédula. Ese papel de identidad se envejece en su billetera. No la necesita para identificarse pues la ciudad se le ha reducido a unos cuantos callejones estrechos de ranchos de madera y techos de lata apretujados con piedras para evitar que la fuerte ventisca se lleve las tejas en ese barrio donde el agua la sacan de una cañada, y la energía la conocen porque la miran titilante en las luces de la otra ciudad, la de abajo.
Sabe que si sale de las cuatro curvas que rodean el sector “mis enemigos no tendrán misericordia para devolverme en un cajón”.
Una guerra sin final
En esos callejones de niños que juegan hasta caer la tarde, merodean día y noche 18 jóvenes que hacen parte de los 119 combos existentes en Medellín conformados por lo menos por 3.000 muchachos, según datos de la Policía. Pero en las comunas, donde la vida tiene tan poco valor que no se duda en apretar el gatillo, se habla de más integrantes “armados hasta los dientes”.
Informes de la Fiscalía muestran por lo menos 231 combos en los barrios, pero datos de ONG y otras organizaciones indican que el número puede llegar a 276 en el Valle de Aburrá. El número exacto no se tiene.
Investigadores de la Policía aseveran que las bases de datos deberían actualizarse todos los días porque “a diario un grupo acaba con el otro, o se vende o se asocian”.
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La vida de los muchachos de los combos transcurre entre los patrullajes en moto y la vigilancia de puntos estratégicos donde sus rivales podrían colarse al barrio. La calle empinada parece una pista de carreras donde cada cinco minutos se escucha el ruido ensordecedor del mofle.
“El que se venga a meter lo partimos. Si quieren guerra, guerra van a tener, porque no vamos a dejar que se metan”, cuenta Mario, y sostiene un fusil traído de E.U. escondido en una mesa y entrado a la ciudad por el corredor occidental que comunica a Medellín con Urabá.
—Acá nadie va a venir a atarvaniar— dice uno de ellos. —El que se meta queda como un colador— grita otro. Cada uno de ellos empuña un arma y vociferan que no se van a dejar quitar el barrio. “Esta guerra es a muerte. Acá nacimos y dando bala moriremos, ya no hay otra salida”. La vida no vale nada para ellos.
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En el cobertizo de latas, las paredes no son más que corrillos de colchones y sacos de arena. “Carroloco” ha pasado las últimas noches agazapado entre los muros ficticios, disparando al barrio del frente “porque o se mueren ellos o nos morimos nosotros”. Dice que no le ve salida a la guerra en la que se crió y no cree en las oportunidades que da el Estado.
“¿Quién cree en esa gente? Mire, la Policía sube por acá y se lleva a los pelaos para abajo esposados y los deja en el territorio enemigo. Esos otros pirobos aprovechan y los cogen y los cascan o los matan”.
“Carroloco” se le ha escapado a la muerte seis veces. De eso da fe su ojo izquierdo desviado por un perdigón de escopeta y una bala incrustada en la espalda que le duele cuando respira, pero que enseña como su trofeo de guerra.
“Este tuerto me sirve para apuntar bien”, comenta, por eso la orden de sus jefes es clara: solo él dispara el fusil contra todo lo que se mueva, y a veces afina su puntería contra los perros o gatos de los callejones aledaños.
Tiene 17 años y le faltan varios dientes. No sonríe y su negrura se ve más implacable cuando ordena sacar las familias, cuando manda a trasquilar a las chicas que se juntan con soldados o policías o cuando electrocutan con el tábano al pelao que se “durmió”, no gritó “María” y se les metieron “los tombos” (policía), los “ceteyudos” (CTI de la Fiscalía) o los del bando enemigo.
“Carroloco” es el jefe de uno de los combos con 32 muchachos que delinquen en la comuna 6 y como explica Fernando Quijano, director de Corpades, hace parte de una estructura criminal organizada, que cuenta con contadores, abogados, logística militar, económica y social.
“Estas organizaciones tienen una nómina que en algunos casos supera los 180 millones de pesos mensuales. Les pagan a los campaneros 30 mil, y el jefe puede ganarse hasta 30 millones de pesos”, asevera Quijano.
Para sostener esa guerra, el combo de “Carroloco” cambió de negocio. La extorsión es su nueva fuente de financiación. “Vacunan” tiendas, unidades residenciales, buses, taxis, venteros ambulantes que les representan ingresos semanales de, por lo menos, 180 millones de pesos.
Todas las rentas ilegales, según el concejal Juan Felipe Campuzano, dejan a las organizaciones delincuenciales en Medellín, alrededor de 2.500 millones de pesos diarios. “Todo el mundo paga, y el que no, se va o se muere”, dice “Carroloco”.
Nadie duerme en las noches
Las últimas noches “Malonso” las ha pasado despierto, atento a las ráfagas que les disparan desde la montaña oscura “y listo para devolverles el favor”.
—Mírelo, tiene los ojos en el culo pero no se duerme— dice la mamá, que aunque sabe que su hijo es malo, lo encomienda todos los días al Ángel de la Guarda para que le cuide a su muchacho.
Pero “Malonso” tiene su propio método para cuidarse. Seis pelaos como él le custodian la espalda mientras él agrega rayas al tablón por las veces que se ha salvado de los atentados, y por los años que le quedan de vida.
—De cinco en cinco mijo, así toca— cuenta. La última raya la puso el viernes. Los disparos se los hicieron a las 6:50 de la tarde, cuando la calle estaba atestada de niños que correteaban un balón. Su combo respondió y el titular en los diarios reseñó: dos muertos y dos heridos por balacera en Belén Rincón.